Pregones

MENA EN EL PREGÓN OFICIAL DE LA SEMANA SANTA DE MÁLAGA

 

Pregón de Pilar Millán Astray (1945)

Y nace el Jueves Santo. E iniciando la jornada de Júpiter, el doble Duelo en andas del Cristo de la Buena Muerte y Nuestra Señora de la Trinidad, aparece seguido por los caballeros legionarios del Honor y la Aventura; por los hijos de la Legión; de los que yo, por vínculos de sangre, tan cerca me siento, y cuyo triunfo dice Patria y Juventud, y Gloria, y Sacrificio... Ya se alejan los prometidos de la Muerte.

 

Pregón de José Zahonero Vivó (1955)

Igualmente a Cristo le dan, fuera de Málaga, los epítetos normales y parcos de Nazareno, Ecce Homo, Crucificado, etc. Pero vosotros habéis afiligranado el soberbio marco de la Pasión con esas bellas y castizas denominaciones, privativas y logradas, de El Rico, El Rescate, Ánimas de Ciegos, Humillación, La Puente del Cedrón, Viñeros, Cautivo, Mutilado, de los Pasos en el Monte Calvario, de la Expiración, de la Buena Muerte, del Paso, de los Milagros, del Amor.

...sólo aquí, la emulación de profesiones y entidades oficiales por ser hermanos de un paso, como la Marina, Comunicaciones, Ex-cautivos, etc.; y sólo aquí, ese rendimiento de la Guardia Civil, charolada de honor y de piedad ante la Expiración y los Dolores percheleros, y la marcialidad bizarra y única de la Legión ante, no el novio, sino Amante alterno de la Muerte, el Cristo de Mena; sólo aquí, lo fastuoso de los desfiles procesionales por la calle de Larios, el momento devoto de la bella plaza del Palacio Episcopal y la silueta de un célebre Cristo penetrando bajo el arco de mayestático de la puerta de la Catedral y el fervor silencioso de los Servitas.

 

Pregón de José Utrera Molina (1957)

El dolor de la liturgia se aminora porque consuela la alegría de saber que, a pesar de su muerte cercana, Cristo se quedará para siempre entre nosotros. Avanza y se aproxima el Jueves Santo, día solemne lleno de la majestad del dolor, reencuentro de la humanidad entera con Jesucristo. Málaga se enfrenta sublimada, encendida, con el misterio de la Redención desbordando para ello el genio de su arte y su belleza. Málaga se pone en pie y contempla con el alma estremecida el drama del calvario, sintiendo como suyo el dolor religioso de estas tristes jornadas evocadoras.


No hay lírica mentirosa y barroca en la exaltación del fervor de nuestro pueblo. Hay una viva emoción teológica ante la presencia en las calles de las imágenes, ante el realismo dramático de los Cristos, ante el dolor y la amargura de las Vírgenes sollozantes. Anochecido, sale de su templo el Cristo de los legionarios y sentimos al verlo el sudor de sus sienes, viendo en sus ojos, en su boca, en sus pómulos febriles el ansia y el esfuerzo por fijarse en todos los infortunios. Entre las sombras de la noche todos miran a Cristo, rezan ante la dramática expresión de su agonía. Agonía de hombre que padece la angustia de todas las muertes, todos al mirarle sufren con él, adivinando la fiebre que le hunde en el cuerpo las uñas de la fe, el vibrante escozor de la garra ardiente de las manos, el dolor de las arterias que ayer llevaban las dulzuras de la vida y hoy se convierten en dogales aprisionantes, ante trance supremo se pasar la soledad humana de la muerte. Al contemplarlo parece que nos habla queriéndonos decir que sólo saber vivir quien bien se muere. Entre una larga fila de enlutados penitentes, altos capirotes, hachones encendidos en la noche, el Cristo de la Buena Muerte camina, doblada la cabeza, lleno el rostro de paz, la desazón partida, vencedor por amor de la muerte, dulce muerte que ya no tiene el signo trágico de una guadaña ensangrentada por emblema, sino expresión de paz y reposo infinito.


Tosas las miradas se concentran en el negro clavel de sus heridas, marchan atrás los soldados del Tercio legionario, lento y firme andar tras de su himno que es, sin duda, la marcha nupcial del legionario cuando quiere desposarse con la muerte. Avanzan con los rostros erguidos, alta la frente, dura la mirada, embriagados de banderas y de gloria. Ya entra la procesión por la calle de Larios y un escalofrío de emoción traspasa el alma, dulcemente mecido camina el Cristo ente banderas, guiones y estandartes, entre hombres rudos amigos del amor y de la muerte, entre un estruendo de tambores se escucha la romántica canción del legionario y entre músicas, plegarias y silencios, parece como si la muerte, por el borde de Dios fuera cantando.

 

Pregón de José Utrera Molina(1957)

 


Pregón de José Luis Moris Marrodán (1958)

Y es por ello que la Semana Santa malagueña no se vé, se contempla. Contemplar no es ver; se vé por los sentidos, pero solo contempla el alma. Y esto lo sentiréis vosotros mismos, unos días después, adentrados en Málaga, en su dolor y en la Pasión que representa. Os llevaré a ver el Cristo de la Buena Muerte, y no lo veréis, le contemplaréis. Y eso desde muy cerca, debajo de su trono. Le seguiremos hasta que el mayordomo ordene un descanso y estaremos junto a Él, abajo. Cara a cara con Dios y con su Muerte. Y con Málaga que lo lleva despacio, como si quisiera que no se venza su cuerpo inerte, que no sufra más su carne. Con los ojos veréis un crucificado pero yo sé que con el alma y en seguida, porque esos días parece situada detrás de la retina, comprenderéis bien claro como es una Buena Muerte, comprenderéis como puede sentir un pueblo y cómo perdura el amor… Y muchas cosas que no me diríais y que yo no dije nunca, pero siempre he sabido que me las enseñó Málaga, esa Málaga detonante de la alegría que más allá tiene un fondo profundo.

 


Pregón de Francisco Carrillo Rubio (1961)

Y como la muerte de Cristo no es una muerte cualquiera, ni tan sólo una buena muerte, sino la Buena Muerte por excelencia, su cofradía pasará por Málaga para decirnos que, con el vivir cristiano de cada día a imitación del Salvador, encontraremos la buena muerte que es comienzo de vida nueva e inmortal.

 

Pregón de José María Eguaras e Iriarte (1962)

El Cristo de la Buena Muerte, lleno de gravedad y reposo, con su cabeza tronchada como un lirio sobre el cuerpo, como quien acaba de dejar su espíritu en las manos del Padre…

 

Pregón de José María Souvirón Huelin (1970)

Ese mismo día sale una de las más bellas figuras realizadas por hombres para representar a Jesús, el Cristo de la Buena Muerte, antaño de Pedro de Mena; ogaño, en fiel reproducción de la otra imagen destrozada, una escultura del malagueño Palma. Ante el espectáculo se sobrecoge el ánimo viéndole muerto, adherido a la cruz, y se viene a las mientes el precioso soneto de Lope de Vega:

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño.
Tú que hicistes callado de ese leño
en qué tiendes los brazos poderosos,
vuelve los ojos mi fe piadosos
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor que por amores mueres,
no te estampes el rigor de mis pecados
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados.
Pero, ¿cómo te digo que me esperas,
si estás, para esperar, los pies clavados?

 

Pregón de Andrés Oliva García (1971)

También quiero llevaros a que veáis al Cristo que fuera de Mena y hoy de Paco Palma. El sentido trágico de la muerte, tan arraigado en el alma española, adquiere una serenidad cristiana ante el paso del Cristo de la Buena Muerte. Impresionante en su cortejo; escalofríos recorren mi carne al adivinar en la penumbra de la noche al Cristo, entre cuatro cirios, avanzando, muriendo en todos los rincones, salvando a todos los hogares, escoltados por legionarios valientes, con los rostros curtidos y el corazón descubierto, mecido dulcemente al son cornetas y tambores que entonan el Novio de la Muerte.


El paso del Cristo, como diría un ilustre periodista, arrebata y electriza, porque los humildes se sienten cerca de Cristo, los poderosos se humillan, los tímidos se hacen gallardos, y los valientes inclinan las cabezas ante el desfile magistral y sobrenatural de la Buena Muerte.

 

Pregón de Cayetano Utrera Ravassa (1972)

Tambores de muerte bajan por la Alameda. Rostros curtidos al aire y al sol. Estandartes rasgados en mil batallas. Trompetas que entonan canciones de guerra. Y allí, al fondo, por el puente, un Cristo sereno, con paso corto: ¡Cristo de la Buena Muerte!


¿Sabes que en las tierras calientes africanas, al toque de oración, los legionarios con sus banderas, ante el Cristo rinden honor a sus muertos?


Es, por eso, el Cristo legionario.


La Virgen, se consuela en su Soledad porque sabe que, cuando alguno de sus hijos “riegue con su sangre ardiente la tierra ardiente”, allí estará el Cristo con su bendición.


¿Sabes cuál es ese himno que tocan, que en su dramatismo adquiere tonos suaves para mecer el paso del Señor?


El Tercio no podía tener otro protector, ni el Cristo otro acompañamiento, que el grito desgarrado de aquel hombre a quien la suerte hirió: el “Novio de la Muerte”.

 

Pregón de Licinio de la Fuente (1973)

La teología sencilla y elemental del hombre del pueblo se conmueve, se convierte en espléndida vivencia ante la contemplación de nuestros Cristos en sus múltiples y expresivas significaciones: el Señor de la Pollinica tan entrañablemente enraizado en el fervor infantil y cofradiero; el Cristo del Prendimiento; el Señor Coronado de Espinas, alzado por el fervor de los estudiantes; el Cristo de la Pasión, sobrio y silente; el Cristo de los Gitanos, que mira dulcemente el bronce conmovido de su cortejo; el Cristo de la Agonía; del Rescate; el Dulce Cristo de la Humillación; el Señor de los Pasos; el Cristo Rico, porque es pródigo en amoy y misericordia; el Cristo de la Sangre, envuelto en una antigua tradición donde Castilla y Andalucía se unen en el pendón morado de una historia gloriosa e irrenunciable; el Cristo de la Expiración; el Cristo de la Buena Muerte, rodeado de la emoción y del ritmo vibrante y dolorido de la vieja canción del legionario; el Cristo de los Mutilados; el del Amor; el de los Milagros... Y, junto a ellos, las distintas advocaciones marianas: la Concepción, la Dolorosa, la Gracia...

 

Pregón de Ceferino Sánchez Calvo (1974)

EL CRISTO DE MENA

Y de pronto, un escalofrío que estremece las entrañas, surge en los fieles cuando se oyen los fúnebres compases del Himno de la Legión. El pueblo de Dios susurra con emoción entrecortada: ¡Ya viene el Cristo de Mena! ¡Ya viene el Cristo de la Buena Muerte! Y calle Larios adelante avanza al ritmo de tambores de luto, con redobles de pena y sufrimiento, el Crucificado de rostro ensangrentado y de heridas acardenaladas, con el alma que parece desprenderse de la carne divina macerada.

La sublime inspiración de Pedro de Mena al tallar este Cristo, que, sin duda, Dios la guarda como reliquia en el Cielo, se reprodujo en la gubia del escultor Palma con insólita fidelidad, y tanto el uno como el otro, ausentaron el rictus de la boca cerrada de los muertos, y dejaron abierta la boca de Jesús, que parece que continúa hablando, dictando su testamento y diciéndonos: ‹‹Amaos los unos a los otros como yo os he amado››. Todos los tejidos de su rostro se ensanchan y toman la placidez de la carne que se ha desmayado con el dolor. Y los valerosos legionarios, los novios de la muerte, en desfile viril y con la marcha nupcial de su himno, parece como si caminasen hacia el altar del Gólgota para desposarse con la Buena Muerte, que es la que da luz y vida en los campos sin batallas, de las praderas infinitas del cielo.

 

Pregón de José Atencia García (1975)

En el Jueves Santo malagueño hay una cofradía señalada que nos recuerda aquella fecha memorable en que por primera vez los heroicos soldados del Tercio dieron escolta de honor a la divina imagen que primero tallara Pedro de Mena y luego esculpió Paco Palma. El Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, devota congregación de culto y procesión, sale al atardecer poniendo su nota desgarrada en las calles. Nazarenos de negros terciopelos y recios legionarios abrasados por el sol de África, desfilaron desde hace muchos años en la Cofradía de Mena; y de nuevo en esta Semana Santa del setenta y cinco, los legionarios encendidos de fe volverán a recorrer su itinerario malagueño acompañando al Cristo de la Buena Muerte.

Desde tierras inhóspitas arribarán a nuestra ciudad para depositar su historial glorioso a los pies de quien ha sido y será siempre, en las horas tenebrosas y amargas de la Legión invicta, el punto de mira de su esperanza y de su salvación. Bajo los brazos de ese Cristo murió el padre de quien os habla, y a ese Cristo pido yo, estremecidamente, que extienda sus brazos abiertos sobre todos nosotros.

 

Pregón de Francisco Fadón Huertas (1976)

Y aún no se ha extinguido el paso de los soldados que acompañan al Mutilado cuando el himno legionario se escucha como un murmullo que emociona y sube de la capilla de Santo Domingo a la prolongación de la Alameda. Hombres recios, curtidos de aires y soles del desierto desfilan con rigor marcial, con energía, tras haber hecho guardia en su templo entre la expectación, admiración y devoción de los fieles. Impresiona la grandeza del Cristo que hiciera Paco Palma en imitación del antiguo de Mena al que los percheleros de siempre tuvieron gran devoción. Y si el paso del Cristo de la Buena Muerte, emociona, mayor es la impresión del nuevo trono de Nuestra Señora de la Soledad. Pocas veces un imaginero -en este caso Juan de Ávalos- podrá acertar en la expresión dolorosa, fría, distante, en un vacío total, en una ausencia infinita de la Madre de Dios. Cuatro ángeles sostienen el blanco sudario haciendo con él una especie de pórtico al dolor de la Virgen. San Juan parece estar en éxtasis mientras la Magdalena llora su desesperación. La Virgen va erguida, erecta, con la mirada perdida, con un tremendo rictus de sufrimiento en la comisura de los labios. Es el dolor de la Madre. Y, ¿cómo sería el dolor de la Madre de Dios?

 

Pregón de Jesús Saborido Sánchez (1978)

Ya ha muerto Cristo. Yace ya colgado del madero. Pero antes de descenderlo, es necesario que lo veamos bien, para que también de ese momento sigamos aprendiendo. Porque también hay que saber morir, como murió el Redentor. Y una cofradía nos enseña su Buena Muerte, llena de paz y tranquilidad por haberlo dado todo, todo lo máximo, sin guardar ni escamotear nada. Y no podemos suprimir, cada año, que el temblor sacuda nuestros cuerpos cuando pasa ante nosotros el Cristo de la Buena Muerte, con la solemnidad inaudita del “paso” que le marcan sus cofrades portadores, al son del himno que les acompaña.

 

Pregón de Antonio Guerrero Burgos (1979)

...en el embrujo de una noche de Málaga, con lágrimas de cera, cuya calma sólo rasga una saeta, el sentir de un pueblo que palpita, de la Pollinica al Resucitado, del Cautivo a la Virgen del Gran Poder, del Cristo de Mena a la de la Vera Cruz...

 

Pregón de Manuel Gámez López (1980)

 

¡SEÑOR DE LA BUENA MUERTE!  semilla fecunda trasladada, por las manos amigas de unos varones, al surco del SEPULCRO en espera impaciente de cosecha feráz...

 

 

Pregón de Sebastián Souvirón Utrera (1981)

 

Hoy es frecuente observar cómo las cofradías de Pasión se titulan de diferente modo. Prescindamos de los adjetivos que corrientemente acompañan a la denominación como Real, Ilustre, Venerable, Piadosa, producto de concesiones reales, episcopales o pontificias y veremos cómo las hermandades de Pasión se intitulan indiferentemente hermandad o cofradía. Algunas, como la de la Buena Muerte y Soledad de Santo Domingo, con dos raíces distintas -la Hermandad de la Buena Muerte y Ánimas y la Cofradía de la Soledad- al unirse se llamó Real y Pontificia Congregación...

 

Pregón de José Luis Hurtado de Mendoza y Bourmán (1982)

De los confines más alejados de la Patria, de las Afortunadas Islas, o del África cercana, de la españolísima, diré más, de la malagueñísima Melilla, llegan a nuestro puerto en bélica nave los nuevos hijos de los viejos Tercios con nombres de epopeya -Gran Capitán, Duque de Alba, Alejandro Farnesio- los que tienen por divisa ignorar el miedo, que en correcta formación y a su marcial y rápido paso, entre los vítores del pueblo, cruzan la ciudad en dirección a la iglesia de Santo Domingo, para montar la guardia alrededor de su Cristo. Allí, firmes, hieráticos, infatigables, custodian la sargrada imagen día y noche, a lo largo de dos jornadas, hasta que llega el momento de alzarla sobre sus hombros para clavarla en lo alto de su trono. ¡Cristo de la Buena Muerte! ¡Cómo te veneran, cómo se abrazan a ti los que tantas veces se abrazaron a la muerte en defensa de nuestra patria y -¿por qué no decirlo?- en defensa de la fe. Y a los sones escalofriantes de un himno glorioso que canta épicas gestas, el Cristo inerte de la Buena Muerte va bendiciendo con su sola presencia las calles malagueñas y diciéndonos que, más allá de la vida, perdonará al que de verdad su perdón le implore y que allí nos espera con los brazos abiertos. Y porque en los lejanos acuartelamientos de las bizarras tropas existe una réplica exacta, un trasunto fiel de la imagen, porque en el campamento existe y recibe culto otro Cristo de la Buena Muerte, se eleva en la tibia noche malagueña una voz angustiada, purificada por el dolor, que arrancándose la espina de injustos desprecios, más que cantar solloza:

 

En la Legión se ha alistado

Un Cristo crucificado.

Ya nadie podrá decir

Que en la Legión sólo hay

Gentuza de mal vivir.

 

 

Pregón de Antonio Pérez de la Cruz (1983)

Con la llegada del Jueves Santo, la Semana Santa malagueña alcanza su momento culminante. La actividad cofradiera localiza en el Puerto su primera manifestación: el pacífico desembarco de las fuerzas legionarias que, siguiendo una brillante tradición, vienen a acompañar en su desfile al Cristo de la Buena Muerte.

 

Ante la admiración popular

acudirán presurosos

a rendir a su titular

los honores a que obliga

su condición militar.

Y mentirá quién nos diga

que no sintió emoción fuerte

al oír el bravo cantar

de los novios de la muerte.

 

 

Pregón de Manuel Alcántara (1984)

Al Cristo de la Buena Muerte le he dicho alguna vez, porque lo tengo en mi corazón y en la cabecera de mi cama, que no quiero pedirle cosas para el trayecto sino para el final. No se trata del camino sino de la llegada. Bien está lo que bien termina. Al Cristo de la Buena Muerte le he dicho alguna vez que debería hacerme ese último favor y se lo voy a volver a decir dentro de quince días, cuando lo vea hecho un Cristo por la calle Larios. Al Cristo de la Buena Muerte, que cuando dio las tres voces las oyeron en Santo Domingo, en las tinieblas y en La Legión, se lo estoy pidiendo ahora, que lo tengo a mi lado.

Manuel Alcántara

 

 

Pregón de María Victoria Atencia García (1985)

Señora nuestra de la Soledad, de Mena, que en soledad vivía/ y en soledad ha puesto ya su nido,/ también en soledad de amor herido. Ahora, entre tantos recuerdos tuyos, madre celestial que unes tus dedos en la plegaria, me llega vivamente el recuerdo de mi madre según la sangre, de mi madre en la Tierra; de aquella que durante muchos años fue tu Camarera Mayor; de aquella que tenía, para los míos y para mí, como un reflejo de tu belleza y de tu plenitud, y que con parejo amor nos cuidaba y te cuidaba, componía los pliegues de tu manto, prendía los alfileres de tu saya, ciñendo tu cintura, y ordenaba la toca inmaculada que por tus hombros cae, igual que -hace años- en aquella Misa de Privilegio que, blonda o chantilly, oíamos con la marinería en la mañana deslumbrante del viejo Sábado de Gloria, en Santo Domingo.

 

 

Pregón de José María Martín Delgado (1986)

También de Palma Burgos es el Cristo de la Buena Muerte, aunque el sentir popular sigue conociendo a esta cofradía como la de "Mena", en recuerdo del autor de la antigua imagen destruida. Este Cristo fue nombrado protector de la Legión que todos los años desfila junto a sus imágenes y, aunque el espectáculo de la guardia de los caballeros legionarios, el traslado de la imagen y el propio cortejo procesional es magnífico, lo que me parece digno de mayor admiración son las imágenes y el sentimiento que producen. La expresión del Cristo ya muerto y de María Magdalena al pie de la cruz es realmente impresionante, como lo es también la Virgen de la Soledad que, sin manto ni palio, manifiesta su profundo dolor en ese dramático y singular conjunto de Juan de Ávalos, que es orgullo de nuestra Semana Santa, aunque ya no se procesione.

 

 

Pregón de Antonio Garrido Moraga (1987)

Ninguna muerte es buena, sólo la Tuya. Desde ese convento que hoy entre runias se levanta, tu mensaje es más vivo, más hermoso si cabe. Este Jueves Santo, en que hay que cumplir la profecía de Isaías, tu Buena Muerte me ofrece el recuerdo imborrable de la imagen de Mena. Todos los malagueños así te conocemos. Y Dios es malagueño desde el trono de carrete que te sostiene:

 

Todo se ha consumado,

desde tu cruz, clavado,

nos dijiste, y el aire sosegado,

como una mano triste,

acarició los labios que moviste.

 

Congregación gloriosa tan cargada de historia, misa de privilegio, Virgen Santísima de la Soledad. Tus manos van cerradas, sólo un aro te nimba. Y una toca tan blanca y unos ojos que miran al suelo, porque -quizá- han vacilado un momento y, como todo humano, no quiere ver la muerte cara a cara.

 

 

Pregón de Francisco José González Díaz (1988)

Las horas han ido sucediéndose una a una y ya es lejana aquella en que, la espadaña del mismo Convento de San Carlos y Santo Domingo, supo de la oración enamorada de María Magdalena, entre un desgarrador río de lágrimas arrepentidas a los pies de ese lirio de tallo alto que es el CRISTO DE LA BUENA MUERTE y los sones graves de un himno que a todos emociona. En tanto que la Virgen de la SOLEDAD, delicada orquídea de singular finura, avanza en la majestad de su trono, apretando sus manos contra el pecho en actitud de ofrecer al Padre, como en la mejor de las patenas, nuestras inquietudes y deseos. Este año, además, cuando el trono de la SOLEDAD de esta Pontificia y Real Congregación se levante por primera vez, lo hará como un pequeño y devoto homenaje hacia Su Santidad Juan Pablo II, testimoniando así nuestra adhesión inquebrantable al Vicario de Cristo, y la comunión de todos con su Magisterio eclesial, reviviendo, al mismo tiempo, los pasados días de octubre cuando, en peregrinación cofradiera, le ofrecimos en la Plaza de San Pedro la Medalla de Oro de la Agrupación de Cofradías.

 

 

Pregón de Luis Merino Bayona (1989)

Ochenta y tantos años, cada Jueves Santo, se iban al viejo puente a verle salir. Le acompañaban por Carreterías y los Pasillos hasta, allá a la media noche, volverlo a dejar dormido en su viejo barrio.

 

Ochenta y tantos años que son tantos como la vida reciente de esta ciudad. Años y años brincando sobre aquel corazón la imagen que él también, como su padre, también más quería. Medalla que fue relicario y capilla en la que él rezó sus últimas letanías.

Hoy, la medalla es algo casi intangible, en la que el oro empañado apenas deja ver el escorzo de un Cristo roto por la soledad.

Esta medalla ha sido y es la mejor herencia que me dejó un novio de la muerte, al casarse con ella e irse a vivir con su Cristo, el de la Buena Muerte.

Es la historia de la medalla de un viejo cofrade. La medalla de mi padre.

Por ello, cuando estremecido por el himno que te mece, te siento avanzar con la marea legionaria por calle Larios, junto a tu Madre de la Soledad, Cristo de la mejor muerte, Cristo de Mena, las lágrimas siempre me han impedido verte. Pero no importa, para qué verte, si siempre te llevo grabado, también yo, aquí en mi corazón.

 

Pregón de José Luis Zurita Abril (1990)

JUEVES SANTO, ES SOLO PERCHEL

El Jueves Santo en Málaga, hace siglos que es solo Perchel. El único jueves que nos va quedando de los que "relucen más que el sol".

Nos va a quitar, como se empeñen, la luz que nos iluminó durante siglos. Pero, ¡silencio!, que ya los legionarios entonan el 'Novio de la Muerte', que es un 'requiem', a una historia de amor y de muerte, cantando con pisada fuerte y corazón al descubierto. ¡Silencio!, que el que se nos hizo pan, ahora se nos muere con BUENA MUERTE saliendo de Santo Domingo, esa iglesia entrañable que regaló agua lustral a toda mi familia, y que mi madre, de rodillas y llorando, vio arder un día fatídico e inolvidablemente triste.

Tu muerte, Cristo, fue la culminación de todos los absurdos. Pero no estás solo. Tu Madre está contigo, que tiene un nombre que llena todos los vacíos y cubre todas nuestras indiferencias y egoísmos, ¡SOLEDAD!

 

Pregón de Alberto Jiménez Herrera (1991)

El Altar del sacrificio, convertido en Grial contenedor de la sangre del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, es regalo por las lágrimas de María de Magdala, quien contemplando impotente como dejó de existir el Hombre a quien otros hombres tienen como meta de una BUENA MUERTE, reza al Señor de la vida:

Eres Cristo, encarnadura

de Dios en principio y fin,

que descubre que al confín

donde se pierde la altura

llegó tu mirada pura,

esa, que llama divina,

por el dolor se encamina

hacia el Cielo en que se encumbra

la Cruz del perdón que alumbra

a la vida que termina.

La luz de los hachones recuerda que el fuego del amor de Jesús renueva íntegramente la naturaleza humana en lo espiritual.

Ya Dios baja a Santo Domingo desde las alturas y no es la zarza ardiente, aquel a quien su pueblo llamaba para vencer a sus enemigos y a quien temía enormemente por su cólera.

Dios se ha humanizado, y la VIRGEN DE LA SOLEDAD, elegancia del mundo cofrade, lo sabe mejor que nadie.

 

 

Pregón de Salvador Villalobos Gámez (1992)

Allá lejos, en lo alto del puente ya se dibuja la silueta imborrable del Cristo de la BUENA MUERTE.

¡Qué inescrutables son los destinos de la sabia teología popular! ¡Llamarte a tí, Señor, ultrajado, crucificado y contado entre ladrones, el Cristo de la Buena Muerte. Parece un contrasentido.

¿Si bebiendo de tu agua, ya nunca tendríamos sed, por qué aceptaste el vinagre?

¿Si eres el Pan de la vida, por qué sufriste esa muerte?

Y un penitente con paso firme y con la mirada fija en la cruz de su Cristo, ¡sí lo comprende! y le va diciendo:

Si Buena Muerte tuviste

¡Dame Señor de tu Buena Muerte;

Para que muriendo en ti

Viva en ti, eternamente.

 

Tras de tí,

tu Madre, VIRGEN DE LA SOLEDAD

Faro celeste y luminoso, en el pasillo.

Horizonte cercano de soledades infinitas,

en el azul de un atardecer de cielo irrepetible.

Capitana desde el puente,

sobre un mar inmenso en la Alameda.

Jábega marinera de flores y de incienso en la

tribuna.

Ola gigante que abraza a

la gente en Carretería y

temporal de Saetas en Santo Domingo.

¡Salve a Tí! ¡Reina de los Mares!

 

 

Pregón de Pedro Luis Gómez Carmona (1993)

Tribunas y sillas repletas de público. Problemas para saber cuántas personas se juntan ese día en nuestras calles. En Carretería no hay billetes, y para subir por la Tribuna de los Pobres hay que ir a la reventa de las cinco de la tarde. ¿A las cinco de la tarde? Si, a las cinco, que ya mismo llegarán los nazarenos. No importa el calor, ni las horas que haya que aguantar. Es Jueves Santo. Jueves Santo malagueño.

Les confesaré otra de mis debilidades. Un Cristo bellísimo que me cala hondo: el de la Buena Muerte. El de Mena, porque no es el mismo pero sí lo es, que todos los cofrades malagueños entienden lo que quiero decir con este juego de palabras que para cualquier foráneo sería un galimatías.

¡Soy el novio de la muerte!, cantan los caballeros legionarios que marchan detrás del trono que, sublime, se mece en un mar de sones sin que el esfuerzo sea aparente. Suavidad en su marcha. ¡Soy el novio de la muerte!, el de la Buena Muerte, que hay quienes se empeñan en no comprender que esa letra, que esa canción, detrás de ese Cristo es una oración que se eleva al cielo.

Y a esa hora, a la hora en la que el Cristo de la Buena Muerte marcha por Málaga bajo esa música que impresiona a todos porque el todo que se conforma en la procesión es impresionante, un grupo de caballeros legionarios recordará a esa imagen a miles de kilómetros de aquí, en Bosnia-Herzegovina, donde no hacen la guerra, sino que llevan el sustento y la paz a los que tienen hambre y sed, a los que padecen la guerra. Esos legionarios que en Yugoslavia intentan proteger a los desprotegidos recordarán cuándo y cómo salieron en procesión en Málaga, porque han salido, seguro. Y en sus bolsillos estará la estampa de su patrono y protector. Es por ello por lo que, sinceramente, y con la humildad de alguien que no quiere entrar ni crear polémicas, no entiendo por qué protestan algunos. ¿Protestaron también cuando marcharon hacia la guerra en son de paz desde Almería?

Este pregonero, que es hermano de la Buena Muerte desde hace muchos años, que ha buscado por muchos rincones de esta ciudad al Cristo que talló Dios con las manos de Pedro de Mena, y que lo seguirá haciendo mientras le queden fuerzas pues sigue convencido de que las llamas no pudieron nunca diluir cenizas semejante maravilla, se enorgullece de pertenecer a esta cofradía porque pocos desfiles procesionales son más perfectos y más conjuntados que los que de esta congregación, y porque no hay nada más emotivo que decirle al Cristo de la Buena Muerte que uno quiere morir con él, y porque no hay más sentido que recitarle a Nuestra Señora de la Soledad la Salve Marinera.

 

 

Pregón de Leopoldo García Sánchez (1994)

MENA

 

"No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme".

"Tenía casa en el Perchel Cornelio y quiso el Cristo de Mena visitarla, pues su corazón estaba lleno de fe".

Como siempre hay un vacío en el Calvario. Ni tú, ni yo, acudimos a postrarnos a sus pies. Magdalena, más valiente, sin temor a los soldados ni a sus lanzas, se arrodilla ante la cruz. Su amor, si fue sincero.

Sobre el puente

se recorta la silueta

de un lirio esbelto.

Pincel que dibuja en la noche

el misal de tu cuerpo,

sobre un monte de coral.

 

Tambores broncos

entre trompetas celestes.

Latir acompasado de hombros

y un temblor de corazones,

en un atardecer de crepúsculos dolientes,

mecen la cruz en la cuna

donde duerme tu BUENA MUERTE.

 

Un canto moreno de sirena

se ha prendido de la red de tu hermosura, ¡Madre mía!

Desde el fondo de los mares

surgieron las inmensas caracolas

que tallaron ese trono

de aguas valientes y bravías.

Sencilla y elegante,

envuelta en tristezas

y abandonos blancos,

como el destello de La Farola,

caminas, SOLEDAD,

sobre el abismo negro de las olas

que han hundido en muerte

el Hijo que fuera, tu alegría.

 

Pregón de Federico Fernández Basurte (1999)

Desde Santo Domingo y con las últimas luces, veremos llegar al Cristo de Mena. Quiero, Señor de la Buena Muerte, poner a tus pies, como Magdalena, mi pobreza y mi corazón convertido y enamorado, y, con esta mujer valiente, adorar, de rodillas, tu cuerpo maltratado.


Detrás vendrá la Estrella de los mares, distinguida joya en el estuche de su palio ochavado; discreta Señora, tocada por la espuma que cae con elegante descuido sobre la negra noche que cubre su espalda.


¡Oh fénix de hermosura! Capitana del navío de los que aman salvarse, condúcenos hasta el puerto seguro donde se remansan las aguas de la vida y déjanos serenarnos en el mar en calma de tu mirada.

 


Pregón de Jesús Castellanos Guerrero (2000)

Salgamos a su encuentro, que ya se acerca por la Alameda y allí, en medio de su centenaria arboleda, contemplaremos el árbol frondoso donde viene clavada la salvación del mundo esa que nos permite exclamar, a pesar de tan horrible tormento, que ahí está la Buena Muerte de Jesús.


Leyendas y tradiciones seculares que nos invitan, rememorando viejos tiempos y antiguas estampas, a buscar en medio de la incertidumbre y de la oscuridad la luz de esa torre-camarín desde donde la Soledad se convierte en la Estrella de los Mares.

 


Pregón de Enrique Romero Fernández (2001)

…Después aguardábamos impacientes la llegada de su madre, sumida en la Soledad. ¡Qué gran trono le hemos puesto los malagueños a la madre de Dios! Pero tampoco comprendía porque la llamaban así, Virgen de la Soledad, si ella nunca iba sola, si Málaga nunca la iba a dejar sola, si los malagueños siempre la acompañamos, y siempre la esperamos…


La verdad os hará libres…


Y allí te esperamos siempre, sonidos marciales llevan tu efigie grabada a fuego.


El protagonista eres Tú, por más que los puntos de mira quieran distraer nuestros ojos. Reclamo tu protagonismo Señor de la Buena Muerte que cortas el cielo malagueño con el barro de mi tierra que moldeó tu pecho. Tú eres el eje de nuestras pasiones… Cuatro blandones iluminan tu cuerpo que se mece en lo más alto de la cúspide del dolor para perdonar a una Málaga que nunca quiere apartar su mirada de las esquinas que percuten tu sien ensangrentada como la carne calada por la bayoneta.

 

Pregón de Celia Villalobos Talero (2002)

Es privilegio de todos los pregoneros cantar de forma especial a su cofradía y, desde luego, no voy a perder esta ocasión única que se me ofrece. Sabéis que pertenezco a la Pontificia y Real Congregación del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas y Nuestra Señora de la Soledad, la cofradía de Mena, que así, con el nombre del escultor que hiciera la primitiva imagen, está en el corazón de todos nosotros. Hace un año tuve el honor de pasar revista a los caballeros legionarios que vienen acompañando a su Cristo desde los años veinte. Esos caballeros que sostienen su cruz, que le hacen guardia y a los que he visto llorar tantas veces. Me siento orgullosa de ser hermana de esta cofradía, señera en Málaga y cargada de historia. La muerte en este crucificado admirable, en el que Paco Palma reflejó, desde su originalidad personal, la leyenda viva que fue el anterior, es la muerte de la dignidad y de la paz. No puedo evitar el escalofrío cuando te miro; no puedo evitar que la memoria de mi vida se haga presente cada Jueves Santo. Pero tampoco puedo evitar una ternura que me llena ante la belleza contenida, la elegancia sublime de la Virgen de la Soledad. Siempre me ha llamado la atención que su figura tan sencilla no se pierda en el magnífico trono y entre los extraordinarios bordados; no sólo no se pierde, sino que lo llena, que se derrama en amores, mientras que la marina le da escolta. Una de las grandes alegrías para la pregonera es poder proclamarse de Mena, ¡De mi Cristo de la Buena Muerte y de mi Virgen de la Soledad!

 

Pregón de Bernardo María Pinazo Osuna (2003)

Y Jesús murió en la cumbre de Santo Domingo; sobre un cielo de tormenta, borrascoso, recortábanse con perfiles nítidos, con fuerza de muerte las tres cruces. Para hacer guardia al cuerpo de Cristo: María de Magdala primero, después el Tercio.


Caballeros legionarios y nazarenos en la Congregación de Mena están indisolublemente unidos y Málaga con ellos, a que sí Pedro Luis Gómez, por este Jueves Santo, para nosotros también será Sábado Legionario. Si el Santísimo Cristo de la Buena Muerte acudió a puerto hace unos años, no puedo explicarme ahora, cómo no se permita que en otra circunstancia excepcional, setenta y cinco años de vinculación, igual Decreto no se tome. La Jerarquía debe saber que a los cofrades nos gusta que la vida sea como los tronos que van al paso, sin dar bandazos, Cristo murió igual para todos y de todos para siempre.


Que los cuatro blandones nunca se apaguen, que sirvan de faro a la Estrella de los Mares, que para los cofrades es la elegancia personificada, para la Armada, Virgen de la Soledad, eres la Señora y para los legionarios la Madre del Novio de la Muerte.

 

Pregón de Alejo García (2004)

La noche del 29 de Enero de 1992  mi madre estaba al borde de la muerte y tuve dudas de si  estaba consciente todavía cuando llegué de la radio. Entonces mantuve con ella esta conversación que, como comprenderán ustedes, no he olvidado ni olvidaré jamás:

¿De dónde eres? De Alhaurín el Grande, como tú. Estábamos en mi casa de Madrid y le pregunté: ¿En Málaga a qué iglesia ibas tú a misa? A Santo Domingo. ¿Y recuerdas la primera capilla que hay al entrar a mano derecha? El Cristo de Mena. ¿Cómo se llama también ese Cristo? El Cristo de La Legión. Mi madre estaba lúcida y estaba respondiendo perfectamente. Le hice la última pregunta de su vida: ¿El Cristo de Mena y el Cristo de la Legión como se llama también? El Cristo de la Buena Muerte, me contestó.


Pues vamos a rezarle un Padrenuestro los dos a ese Cristo para que te dé a ti una Buena Muerte. Rezamos juntos despacito y a la hora y media murió.


Aunque solo me hubiese servido para eso, para decirle a mi madre que se moría, doy por bien empleadas todas las Semana Santa de mi vida.


Sobre todo aquel Jueves Santo de 1978 en el que en un balcón del Pasillo de Santo Domingo pasó esto: Tercer diario hablado de Radio Nacional de España. Les habla Alejo García. Son las ocho de la tarde y el Cristo de la Buena Muerte acaba de salir de su templo acompañado de caballeros legionarios. Escuchemos el comentario de Manuel Alcántara: (...)


Eran los años difíciles de la transición en los que no se sabía el rumbo que iban a tomar muchas cosas. Pero ahí estábamos, diciendo a España y al mundo que el Cristo de Mena estaba en la calle y La Legión seguía cantando a voz en grito "si algún día Dios te llama, para mi un puesto reclama, que a ocuparlo pronto iré."


Detrás va la Soledad marinera de la toca blanca y las manos juntas. Para Ella, toda la noche, las olas incansables repiten el mismo piropo: Salve Estrella de los Mares. María, buena travesía a todos los navegantes y procura que no se hunda ni una sola patera.

 

Pregón de Manuel Molina Gálvez (2005)

‹‹Jueves de Mena con la mejor muerte posible, en la más profunda soledad dominica. Noche de roncos sonidos de cantos guerreros en pos de  un Cristo protector ya muerto. Pañuelo blanco alrededor del rostro de una Madre, que es la mejor de las coronas. Y Málaga, que está en la calle, murmurando y diciendo: que vienen, que ya vienen... los caballeros legionarios. Murmullos de pasión... que sólo apagan los cánticos de unos marinos nazarenos que escoltan a la más hermosa de las soledades››.

 

 

Pregón de Rodrigo Martín Martín-Estévez (2006)

Jesucristo lo padeció todo, desde el corporal sufrimiento del martirio, hasta el otro enorme dolor de verse abandonado por casi todos los suyos, sin embargo, le llamamos Señor de la Buena Muerte. Murió en la cruz en medio de burlas, bebiendo hiel y vinagre y rematado por una lanza, y sin embargo, todos le seguimos llamando Cristo de la Buena Muerte. Ese llamarle así, es nuestra mejor oración, porque sale de lo más profundo de nuestro ser en forma de íntimo y verdadero deseo, que se tiene que traducir en no tener nunca miedo cuando hablemos de Él, en no escondernos, ni bajar la cabeza cuando nos señalen y nos digan: Este es uno de ellos, por tanto, 58 crucificado de Santo Domingo, ayúdanos a que llevemos con orgullo ese poder ser tuyo llamándonos cofrades, y de esta forma y con ese nombre, por nuestro creer en Ti, por estar a la derecha del Padre, que es nuestra última y más importante razón del pasar por la vida, te llamamos y te llamaremos siempre, Cristo de la Buena Muerte.


Y después, esa otra alegría de vivir, ante la presencia de un palio, que más que cubrir, recoge a la Virgen de la Soledad. Largo velo de seda le cubre la cabeza y se deja caer sobre su manto, diciéndonos en esos pliegues: «Ahí van mis alegrías y mis penas, mi dolor de madre y mi protección por vuestras oraciones», ese es el principal motivo por el que su velo de seda destaca tanto. En él, va lo mejor de la elegancia hecha devoción de tantas y tantas generaciones, ¡Como se nota el señorío con el que llevas tu soledad! Qué subir al cielo es verte pasar por delante de nuestros ojos y nuestros sentimientos, qué hermoso nos resulta no llamarte solo por la soledad de tu nombre, cuanto significa ponerte apellido al estilo malagueño y así poder despedirnos de Ti diciéndote: «Bendita seas siempre Soledad de Mena».

 

 

Pregón de Pedro Merino Matas (2007)

‹‹...Y por eso nos emociona el testimonio solemne de quienes afrontan tal noviazgo sin miedo y de frente. De quienes, palabra de caballero, le prometieron con poético canto que, llegada la hora suprema, en la cita estarían presentes, a pecho descubierto, porque saben y porque sienten que los lazos de la muerte, con ser tan fuertes, se quiebran y se desvanecen si la foto amorosa de la cartera es la estampa viva y perenne del Cristo de la Buena Muerte. ¡Porque la muerte no es el final del camino! Porque el santo sacrificio de Cristo la derrotó para resucitar las Ánimas, acallar las armas y trocar en paz la guerra. Porque el Amor de Cristo sobre el mástil de su cruz venció, sí, a la muerte y para siempre, convirtiéndonos en novios de la vida y soldados de la fraternidad con la Esperanza por única bandera.


Y por eso, perdonadme, mi canto no puede ser marcha guerrera, pues en la pleamar del Jueves Santo, qué quéreis que os diga, prefiere ser Salve Marinera.


Porque este pregonero, Señora de la Soledad, marinero quiere ser en tu barco. Y si por mis errores indigno grumete soy para tu tripulación, déjame al menos que en las bodegas de tu dorado galeón me esconda como furtivo polizón. Que yo quiero navegar contigo cuando despliegues el velamen de tu palio y quiero de tu mano bogar mar adentro, diciéndole sí a la vida, por duro que sea el destino, porque la vida sólo a Dios pertenece. Pero si acaso una madrugada surgiera la galerna del olvido y la gruesa marejada del pecado de ti me aparta, no me dejes, Señora, como náufrago en el océano de la nada, y alarga, alárgame tu manto para que encuentre un cabo quien asirme otra vez a la singladura de la vida››.

 

Pregón Pedro Merino

 

Pregón de Francisco García Muñoz (2008)

‹‹...En este sentido, haciendo un libre recorrido muy subjetivo por algunas cofradías, para empezar, tenemos, por ejemplo, el valor de la bondad, que es sinónimo de Buena Muerte y Soledad. Bondadosa imagen sacrificada que se yergue en una altiva cruz para mostrarnos su victorioso triunfo sobre la pretendida maldad de la Pasión.
Cristo de la Buena Muerte y ¡Salve Señora...! ¡Qué sola estás! Escoltados por fieles guardianes que ven en ellos la protección sobrenatural ante las duras misiones que han de prestar. Procesión marcial y elegante. Desde el Perchel, el Señor nos entrega su inmensa santidad, mientras la Virgen llora con las manos ‘apretaitas’ en su mar de Soledad››.

 

Pregón Francisco García

 

Pregón de Ana María Flores Guerrero (2009)

‹‹Reclinada la cabeza, coronada de espina año tras año y ante el pasmo del cielo y la tierra, pende yerto de la Cruz, el Cristo de la Buena Muerte.

La Magdalena, sin miedo permanece arrodillada a tus pies, Señor. Enlutados nazarenos y valerosos caballeros legionarios entre banderas, guiones y estandartes te acompañan y al son de tambores y cornetas rezan y cantan, cantan y rezan. Oración que se repite en cada acuartelamiento como yo misma pude comprobar un sábado legionario de un caluroso Septiembre.

Muerte, “¿Donde está, muerte, tu victoria?” Ha sido vencida por Cristo.

Tú que hiciste de la muerte vida.
Enséñanos a saber vivir,
para saber morir como Tú.
Que vives y reinas
por los siglos de los siglos,
Cristo de la Buena Muerte.

Sobre olas de fe navegas, desplegadas las doradas velas de tu palio, mientras la brisa juguetona se entretiene con tu blanca toca.

Señora de la Soledad, eres timón, jarcias y aparejos de nuestras vidas.
Capitana de nuestras almas.
Faro y guía de nuestras inquietudes.
Puerto y refugio en nuestras adversidades.
“Salve, Señora de la Soledad,
iris de eterna ventura,
fénix de inigualable hermosura.
Madre del Divino Amor”.
Salve, Señora››.

 

ana maria flores

 

Pregón de Agustín del Castillo Cambló (2010)

El 20 de marzo el abogado, presidente del Colegio de Graduados Sociales de Málaga y cofrade de los Gitanos, Agustín del Castillo Cambló, pronunció el pregón oficial de la Semana Santa de Málaga de este año en el teatro Cervantes. En su alocución, citó a Mena así: ‹‹En Santo Domingo, junto al río hay una cola. Niños con sus padres y solos. Malagueños y foráneos de todas las edades. Todos quieren ver la guardia que los caballeros legionarios hacen a su Cristo de la Buena Muerte.


Esa fantástica talla de ese magnífico imaginero D. Francisco Palma Burgos, que se nombra como de Mena.


…A mi me gusta Señor, los Regulares de blanca capa, caballeros y artilleros, infantes y gurripatos, nacionales y civiles, como con cariño aquí, así, se les da el trato. Cantar con La Legión su himno, con los marineros la Salve, el bolero con los paracas, y ver decirles a todos que en Málaga se les ama…››.

 

 

Agustín del Castillo Cambló

 

 

Pregón de José Antonio Domínguez Banderas (2011)

Volvemos al presente, donde Gregorio, a través de una rendija del cajillo, ha divisado a la súper popular cofradía del Cristo de Mena, que aunque no es de Mena, es de Mena, y la maravillosa Virgen de la Soledad. Se escuchan los emocionantes cantos legionarios. La Alameda se prepara para el cruce de ambas cofradías. Gregorio advierte: ‹‹Despacito, ¿eh? Depacito. A la Virgen de la Esperanza se la mece lo justo, y lo justo es muy poquito si no puede ser menos, ¿estamos?››. En esto hay consenso general en todo el trono. Tras una suave mecida, porque lo cortés no quita lo valiente, la Esperanza sigue su camino al encuentro ahora de la no menos popular cofradía de la Misericordia. De la misma manera que han hecho con Mena se cruzan con el Chiquito y con la preciosa Virgen del Gran Poder.

 

 

 

Antonio Banderas

 

 

Pregón de María del Carmen Ledesma Albarrán (2012)

Íbamos todos en silencio, caminando de prisa porque la tormenta apretaba.

Una mano, un brazo en alto llevando a la muerte, a la Buena Muerte, al Cristo de Mena, al Cristo de Ánimas, al Cristo de La Legión.

¡Cuántos nombres para un mismo sentimiento!

Para muchos supone un binomio inquebrantable entre un cuerpo militar y una imagen. Es un Cristo que aúna personas que ponen su trabajo al servicio de la humanidad. A paso legionario. A ese ritmo hemos comprobado cómo se traslada una imagen que sigue repartiendo fuerza, garra y empuje entre los soldados que la arropan y la sienten en lo más profundo de su ser. Así lo vivimos en Madrid.

Miles de personas se acercaron expectantes a ver la imagen del  Cristo de la Buena Muerte, pero lo verdaderamente llamativo era que, cuando salían de la capilla, se había producido un verdadero encuentro y ya no pueden vivir al margen.

Supo callar gritos e insultos, incomprensión y rabia, odio y rencor, envidias y miserias... Los momentos vividos se escapan de las palabras. Se amontonan los recuerdos. Mena también hizo historia.

Un halo de doce estrellas, doce virtudes, dones y gracias en una Virgen de mirada delicada y suplicante.

En sus manos enlazadas, suspiros de Soledad ante la muerte de su Hijo. Un amplio velo blanco da luz a su cara como la espuma del mar. ¡Salve Soledad, Reina de los Mares!

 

 

María del Carmen Ledesma

 

 

 

Pregón de Rafael Pérez Pallarés (2013)

Málaga, ¿quién elevó en el árbol de la santa cruz al Cristo de la Esperanza en su Gran Amor?

¿Quién asesinó al Cristo de la Redención? ¿A quién defraudó el Cristo de los Milagros? ¿Quién entregó al Cristo del Perdón?

¿Quién abandonó al Cristo de la Expiración?

¿Quién ejecutó al Cristo de la Agonía? ¿A quién escandalizó el Cristo del Amor? ¿Quien condenó al Cristo de la Buena Muerte y Ánimas? ¿Quién traicionó al Cristo de la Exaltación?

¿Quién crucificó al Cristo de las Penas? ¿A quién molestó el Cristo de la Sangre? ¿Quién despreció al Cristo de Ánimas de Ciegos?

¿Quién retrocedió ante el Cristo de la Vera Cruz?

¿Por qué fue llevado a la cruz el Cristo de la Crucifixión?

Málaga, te anuncio que tarde o temprano sentirás cómo el Hombre de la cruz te atrapa, te seduce, te cautiva.

(…) La muerte de Cristo sorprende a Málaga: ¡Cristo ha muerto por ti porque no quiere dejarte sin palabra, sin sentido, sin eternidad!

Por eso a ti que me escuchas, te anuncio que el bien gana el pulso al mal, que la vida tiene poder sobre la muerte, que el perdón es más fuerte que el odio. A ti que contemplas cómo negras túnicas nazarenas atraviesan el atrio de Santo Domingo, mientras centenares de corazones contemplan la muerte de Cristo procesionada con solemne paso corto mientras sus hijos entonan la canción que le mece en su hora póstuma. A sus pies arrodillada, Magdalena eleva su mirada al firmamento sabiendo que los ausentes tienen su propio cielo, mientras la Señora perchelera descansa en las notas marineras de la salve. Salve que sabe a sal y recuerda la mar de la que ella es faro y Estrella.

 

 

 

Rafael Pérez Pallarés

 

 

Pregón de Félix Gutiérrez Moreno (2014)

Y en mi Semana Santa también me pone el vello como escarpias cuando suena a los lejos una música que invita a la misma muerte a ser buena compañera al final de un largo viaje. Cruz de Buena Muerte que anuncia que aquí, Cristo fue legionario.


El Crucificado de la Buena Muerte quiere alistarse no solo en la túnica de cientos de nazarenos; también se hace estampa o fotografía en el bolsillo de muchos hombres y mujeres que marcharon y marchan muy lejos a repartir vida y esperanza, cobijo, enseñanza y fe, en esos rincones necesitados y conflictivos del mundo.


Cristo de la Buena Muerte, allí algunos encontraron tu rostro de forma temprana. Y no me importa decir que, si Málaga se hace dominica y legionaria en la noche del Jueves Santo, esos soldados de la paz, son también cofrades de mi Semana Santa.


Y es entonces cuando las páginas de este pregón tropiezan con su mirada de niña bonita, y la guardia de honor hoy aquí le dedica a ella las palabras que fluyen del corazón mismo. Soledad de Mena, en las líneas de este pregón vienen a unirse nazarenos, legionarios, marineros y cofrades que esta noche se ponen ante tu trono y en la ansiada espera de verte Coronada como mereces, hacen que un trocito del novio de la muerte sea oración para ti, de aquellos que sentimos algo especial por tu cara de divina majestad.


Soledad, Virgen marinera y legionaria,
«Por ir a tu lado a verte,
mi más leal compañera,
me hice Novio de la Muerte,
te estreché con lazo fuerte y
tu amor, fue mi bandera».

 

 

 

PREGÓN DEL LXXV ANIVERSARIO DE LA VINCULACIÓN DE LA LEGIÓN-MENA

 

CONGREGACIÓN DE MENA

Y LEGIÓN ESPAÑOLApregon-75-aniversario



Teatro Cervantes de Málaga
3 de marzo de 2003

 

Pedro Luis Gómez Carmona

 

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PREGÓN CCL ANIVERSARIO DE LA VINCULACIÓN DE LA ARMADA-MENA

 

CONGREGACIÓN DE MENA

Y ARMADA ESPAÑOLApregon-250-aniversario



Teatro Cervantes de Málaga
19 de febrero de 2006

Antonio Garrido Moraga

Pedro Luis Gómez Carmona

 

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