Ramón Gómez Ravassa

Congregantes

Tenemos 8 invitados conectado(s)

AGENDA

Agenda

 

Los Arcones
Los Arcones: El gran congregante Carlos Rubio Goux E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.


Cuando empezaron mis andanzas como congregante, yo debía tener alrededor de diez años. Él debía andar por los veinte. A los niños de entonces se nos parecía como una persona rígida, poquillo regañona, perfeccionista, y alejada. ¡Qué equivocación!


Esencialmente, y sobre todo, era un hombre bueno. Un poco infantil en algunas reacciones, debido sobre todo a su total falta de malicia, pero, como digo, muy buena gente.


Dotado de una memoria prodigiosa, tenía la habilidad de acordarse del nombre y los dos apellidos de todos, y además, los usaba continuamente. Curiosamente, nunca decía, por ejemplo, «Álvaro, encárgate de tal cosa», refiriéndose a uno de sus más directos colaboradores de entonces, sino «Álvaro Sánchez de la Vega, encárgate de tal cosa». O, «Antonio González López...», refiriéndose a nuestro queridísimo Antonio González. Por lo tanto, era frecuente que cuando en la procesión se dirigiera con aquella voz hueca inconfundible a cada uno de los mayordomos o mayordomillos que estábamos por allí, por ejemplo, a mí, «Ramón Gómez Ravassa, esta sección está fatal. ¡Acorta las distancias!». (De la orden dada en la procesión se enteraba hasta el de la quinta fila de sillas). Era curioso.


Lo más importante de Carlos era su inmenso amor y dedicación a la cofradía. Cuando crecía a la sombra de los grandes nombres de los cincuenta, era el peón de briega de los mayores. Estaba para todo. Jefe de procesión, secretario de la junta de gobierno, encargado del alojamiento de las comisiones... Por ello, lo sabía todo. La verdad, es que siempre tuvo a su lado congregantes esenciales en la historia, de los que de cada uno contaré en su momento algunas vivencias, pero, desde luego, era el alma de la Congregación... y el saco de las tortas. Todas las quejas iban para él. A veces con éxito, otras, provocando el enfado del interlocutor, pero que yo recuerde, todas las decisiones a niveles de lo que nos movíamos, a nivel de procesión, iban para él.
Nos vistió a casi todos. Conforme él iba viendo que eras de ‘los fijos’, y ya no debías crecer mucho más, nos mandaba a Emilio Bautista, para que nos hicieran un túnica y nos la regalaba. Bendito Carlos, debió equivocarse en aquello de ‘los fijos’, porque el presupuesto de túnicas debió ser enorme. Hasta tal punto, que cuando años más tarde fui a encargar más túnicas como albacea, el gran Emilio, institución cofrade en Málaga, sastre de todos los nazarenos, me dijo: «Si salieran todas las túnicas que yo hice para ‘la Mena’ en aquellos tiempos a la vez, Málaga se vestía de luto».


Tenía otro don, gracias como decía antes, a su prodigiosa memoria, que yo nunca conseguí adivinar cómo lo hacía. Se sabía el nombre del capitán, la compañía que mandaba, el Tercio a que correspondía, sobre el piquete que había venido cada año. Y remataba nombrando el empleo y nombre del jefe de esa Bandera, y el del coronel de ese Tercio. Absolutamente sorprendente.


Era la historia viva de la relación Legión–cofradía. Se conocía los ascensos, destinos y retiros de cualquier oficial y suboficial que hubiera pasado por los Tercios, y que hubiese tenido el menor contacto con la Congregación.
Le tocó bailar con la más fea. Los años malos de la Semana Santa de Málaga. Cuando fue hermano mayor Fernando Soto Carvajal, conde de Puerto Hermoso, residente en Madrid y Pizarra, llegó a ser hermano mayor adjunto, y bastante tuvo con llevar el barco a destino, porque el bueno, y vaya si era buena gente Fernando, no podía hacer más que subvencionar una institución que sólo producía gastos, donde los ingresos brillaban por su ausencia, y que encima, se había producido un divorcio de las cofradías con la sociedad, con la jerarquía, y con el ‘sumsun corda’. Había que estar allí, para mantener aquello, y Carlos siempre estuvo. Con los tronos mal guardados en los almacenes de Metallum, pero guardados. La oficina de su padre en Larios 4 se había convertido en la Secretaría y oficinas de la cofradía. La correspondencia la hacía su gente, etc.

Inexorablemente ortodoxo
Y cuando tras cesar Fernando Soto hubo elecciones de hermano mayor, y entró otro grupo, al frente del cual propusieron a José María González Carreras, nunca dejó de asistir a las asambleas, (hasta algún tiempo después no empezaron a llamarlas capítulos), con su temible carpeta marrón, y en el momento de ‘ruegos y preguntas’, pasaba lista machacadora a lo que a su juicio la junta de gobierno había hecho mal, sacando recortes de prensa, comentarios suyos manuscritos hechos en el momento... preguntando de forma clara, algunas veces dura, -y señalando siempre que era el foro donde cualquier congregante tenía derecho de expresar sus preocupaciones- qué pensaba hacer la junta de gobierno para remediar el fallo señalado, o en su caso, felicitando por aquello que hubiese salido bien, que tampoco le dolían prendas. El hermano mayor de turno, preparaba el capítulo según los puntos del orden del día preestablecidos... y para lo que trajera Carlos. Era entrañable para los que queríamos a la cofradía, aunque haya que decir que siempre lo criticábamos por sus ‘palizas capitulares’.


Fue inexorablemente ortodoxo. Había que ir siempre con capirote y cartón. El último año que salió, -quizás preveía el final cercano- naturalmente en la sección de su Santísimo Cristo, por su prestigio, aparte de ser consejero y le correspondía, aunque nunca había aceptado ir allí, fue en la presidencia. Por respeto a los generales que vienen el mismo Jueves Santo casi sin tiempo para vestirse de nazarenos, las presidencias nunca llevan cartón. Les tenemos guardadas algunas túnicas, ellos se visten sin que nadie lo sepa, y hacen todo el recorrido. Bueno, pues Carlos, por primera vez, como digo, aceptó ir en la presidencia; dijo que él llevaba cartón, puesto que así había de ser. Y no hubo forma de convencerlo.
Cuando falleció, su viuda, María Luisa Verdaguer, nos regaló su archivo personal, que ha enriquecido considerablemente el de la cofradía, y que algún día podremos conocer con detenimiento, gracias a la labor archivera de Trini García Herrera y de Elías de Mateo, que los han incorporado al mismo.


Un día, queriendo ‘incorporarme’ a las gestiones cofrades, escribí a Carlos una carta, ofreciéndome para ‘ayudar’. ¡Con once años! Poco después, en una fiesta en la que coincidimos, -yo iba con mi familia-, Carlos me miró fijamente, se dirigió a mi, y me dijo: «Tú eres Ramón Gómez Ravassa, que me escribiste una carta, y que quieres ayudar. Perfecto, ponte de acuerdo con Manuel Pérez, -a la sazón albacea general-, y te pones a recoger túnicas». ¡Toma castaña! Eso fue, como ya he dicho antes, más o menos el año 1953. Y en aquellos tiempos, a los chiquillos de once años no nos dejaban andar por Málaga solos, y menos con una túnica enrollada de terciopelo negro, bordado, que valían un capital. Porque era por aquellos años, que las hermanas filipenses realizaban el trabajo de bordar las túnicas. Y claro, cuando se lo propuse a mi padre, se terminó, de momento ‘la propuesta de colaboración’. Pero no mi vocación, porque cada vez que podía, me iba a misa a Santo Domingo, que se celebraba en la capilla a las once de cada domingo. Allí, en la ‘post-misa’, me quedaba un rato a ‘oler’, sobre todo en cuaresma, que siempre había alguien, y aprendía.
¡Qué gran persona y buen congregante, Carlos Rubio!

 
Los Arcones: «El caballo está cojo» E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.

 

En los años noventa, se remodeló lo que luego se llamó casa hermandad, y que eufemística- mente, se presentó a los organismos oficiales como ‘Proyecto de Restitución del edificio anexo a la capilla de Mena’. Bueno, como la obra requería hacer una excavación importante en lo que entonces ocupaba el ‘patinillo’, se llegó a un acuerdo con la hermandad vecina de los Dolores del Puente, (que estaban interesados en una nueva capilla cara al exterior). Este acuerdo, produjo un lío de mucho cui- dado. Para conseguir la bajada a la cripta por donde ahora la tenemos, (durante las obras hubo que bajar por una escalera provisional que rodeaba el sector del torreón), había que hacer unas escaleras hacia el subsuelo de la capilla de la Virgen de los Dolores. De tal forma, que la ante cripta está situada en el subsuelo de esta capilla. El acuerdo fue, que ellos perdían ese subsuelo para que pudiéramos ejecutar el proyecto, y nosotros haríamos la obra civil, tanto del sótano, que era para nuestro uso, como la obra gruesa de la planta baja, que era para su capilla. Ello nos llevó a ejecutar las obras hasta la medianera con la antigua capilla de la Esperanza.

Al demoler la fachada y cubierta nos encontramos una viga metálica, de grandes dimensiones, que sujetaba algo, (no podía ser la cubierta porque estaba a media altura, era más bien un arriostramiento interior). El caso, es que estaba empotrado en el muro medianero con la cofradía esperancista, y había que cortarlo, porque no podíamos meter la máquina para quitar los escombros. Ordené que se comprobara si el empotramiento era muy profundo, (ya sabéis, se ‘escarba’ alrededor para comprobar si está muy pro- fundo, y si no lo está, un leve tironcito, y viga fuera). En caso contrario, había que traer un equipo de corte oxiacetilénico, y cortar la viga al ras de la pared. Por muchas órdenes de tener cuidado que dí, y porque al parecer según el oficial al cargo del trabajo, aquello estaba ‘prácticamente suelto’, el caso es que entre dos o tres, -ya he dicho que era una señora viga- pegaron un tirón... y el caballo se quedó cojo.

Al tirar, se hizo un agujero en la pared medianera, con la mala suerte que afectó a un mural de la capilla de la Esperanza, realizado por Rodríguez Acosta, de gran valor, en el que había un caballo, que a resultas del agujero, perdió una de las patas. Hasta ahí, la cosa fue grave, pero las consecuencias

fueron penosas. Este oficial albañil, con la mejor de las voluntades para remediar el desaguisado, sin avisarme del accidente y sin encomendarse a nadie, se fue para allá con un cubo de mezcla... y enfoscó el agujero, impidiendo con ello, la rehabilitación del mural. Para qué lo hizo.

Don Florencio, el párroco, que vio el daño, salió corriendo para avisar a los de la cofradía ‘dañada’, que ya estaban en su nueva sede todavía prebasilical, y la consecuencia fue por partida doble: la primera un escándalo en plena calle a voces destempladas por algún miembro destacado de aquella junta de gobierno, que prefiero justificar por el cabreo del momento, aunque me cuesta justificar los epítetos lanzados allí mismo, y la segunda, que tras una reunión más calmada entre los dos hermanos mayores, se acordara que Mena pagaría el daño ocasionado, pidiendo las oportunas disculpas. Las disculpas las pasó nuestra junta de gobierno, pero la pata la pagué yo, porque el seguro dijo que ‘nanay’.

Afortunadamente, el mural fue trasladado a la nueva sede, ya basilical, y nuevamente aplicado a un paramento seguro, donde el caballo, ya perdido su minusvalía, luce esplendoroso. Y yo que me alegro.

 

 
Los Arcones: El Consejo E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.

 

En esta entrega de ‘Los arcones’, me apetece hablaros de una organización de la Congregación, desconocida para muchos, olvidada de algunos, y recogida claramente en los vigentes estatutos, pendientes de reformas, y alguna de ellas, muy referidas a nuestro tema. Me refiero al Consejo de la Congregación. Para no hacer árido, ni excesivamente académico este artículo, no voy a hacer mención de los artículos en los que se desarrolla este órgano de la Congregación. No se trata de una exposición formalista del Consejo, sino de una serie de comentarios que ayuden a conocer, y comprender, el citado grupo cofrade.

El Consejo no es, si se me permite el pequeño chis- te, ‘el órgano viejo de la Congregación, sino aquél donde vamos los viejos’, que no es lo mismo. Y quede claro que al referirme a ‘los viejos’, no me refiero a la edad, que también, sino a aquellos que por sus servicios y dilatada experiencia cofrade, pueden aportar en ese escalón organizativo de la Congregación su serenidad, consejo y buen saber.

Comencemos por el principio. A diferencia de otras muchas cofradías, nuestro Consejo no es un grupo de consejeros del hermano mayor, que nace con su elección y desaparece cuando hay cambio de mando. Nuestro Consejo, al contrario, es un ‘Consejo de la Congregación’, que aunque suene parecido, no es lo mismo, ni mucho menos. Sin embargo, sí que está pensado, esencialmente, para asesorar y aconsejar al hermano mayor, y a la junta de gobierno, a la postre, únicos mandos en la hermandad, después del soberano capítulo general. Como único punto disonante con los consejeros del hermano mayor, nuestro Consejo es el órgano recogido por los estatutos, que durante el proceso electoral toma a su cargo la organización, comprobación y publicación del censo electoral, recogida y comprobación de candidaturas, remisión a la autoridad eclesiástica de las mismas, terminando por organizar, y supervisar el momento de las elecciones. En definitiva todos los temas referidos a las elecciones, siguiendo en funciones la junta de gobierno para la resolución de todos los procesos habituales de gestión de la Congregación. Conseguimos con esto, y de ahí de su incuestionable eficacia, que en cualquier proceso electoral, la junta saliente pudiera en algún momento, inclinar la elección hacia algún determinado candidato, al tener cierta ventaja teórica por organizar desde una parte, el proceso electoral.

No se trata, pues, de una junta paralela, ni mucho menos, sino la organización estatutaria, que al ser independiente del hermano mayor, o de la junta de gobierno, tiene la ventaja, para nuestra fraternidad, que no le afecta cualquier situación de crisis que pudiera devenir en la marcha de la misma, además, que al no depender su nombramiento por el hermano mayor de cada momento, su consejo y ayuda será siempre mucho más libre y sincera.

 

Tipos de consejeros

¿Quiénes son consejeros, y de qué forma? Bien, hay tres tipos de consejeros:

- Consejeros natos: Aquellos que han sido herma- nos mayores, y que hayan terminado ‘normalmente’ su mandato. No hay límite de número.

- Consejeros electos: Aquellos que lleven más de diez años en la Congregación, hayan prestado distinguidos servicios. Su número máximo es de veinte.

- Consejeros de honor. Es un título honorífico, que a propuesta del hermano mayor, y con un número máximo por dos propuestas anuales, y aprobación del capítulo, se concede a perpetuidad para premiar el trabajo y la labor desarrollada por los congregantes. Con independencia de ellos, los estatutos recogen en este apartado determinados mandos de La Legión y La Armada, en función de su cargo, pero que cesan cuando esta circunstancia se termine, salvo que sigan vinculados a la Congregación, como herma- nos. Estos consejeros, serán invitados y asistirán a los plenos del Consejo, con voz, pero sin voto.

La duración del cargo de consejero, tanto nato como electo, es hasta cumplir ochenta años, en el momento que pasarán a ser consejeros de honor. El hermano mayor podrá proponer el nombramiento de dos consejeros por legislatura, y uno por período de prórroga, siempre que haya vacantes.

Para su funcionamiento interno, se nombra una comisión permanente, formada por un presidente, un vicepresidente, y secretario y un vocal, que resolverá los asuntos de trámite, mientras se reúne al Pleno. Esta comisión permanente, emitirá los informes que el hermano mayor solicite del mismo, en espera de su ratificación por el Pleno.

Hasta aquí, nuestra realidad estatutaria y de funcionamiento. Hay otra faceta, más ‘sentimental’, que paso a describir. Nuestro Consejo, está formado por un puñado de hermanos, casi todos con bastantes canas, la mayoría sin apetencias de mando, y con muchas ganas de sentirse útiles, aportando su experiencia a la junta. Hay una vocación de lealtad a la junta de gobierno, representada por el hermano mayor, que siempre preside nuestras reuniones. Y no podía ser de otro modo. Y hay ejemplos múltiples de ellos.

 

Debe existir, pero que no se note

Sin embargo, nuestro lema ‘de andar por casa’, es siempre el mismo: El Consejo debe existir, pero que no se note nunca que está. Y la junta de gobierno, en la absoluta independencia para gobernar, que para eso está, es bueno que cuente con la sincera aportación de ideas y consejos de los mayores.

Para terminar, quisiera hacer una referencia y un agradecimiento que hoy vivimos. Le dio sentido de actuación al Consejo, y como todo lo que ha vivido, con un sello de elegancia y de categoría personal. Creador de la iniciativa de los Consejos extraordinarios, con presencia y participación activa de nuestros hermanos predilectos.

José Vergara Quero, hombre pragmático y tremendamente activo, desde su Barcelona de residencia y lugar de trabajo, Dios sabrá el sacrificio de sus continuos viajes para estar presente en todo lo que por su cargo convenía su presencia, entusiasta continuador de los Consejos extraordinarios, en Almería, (Brigada Legionaria), San Fernando (Acuartelamiento del Tercio Sur de la Infantería de Marina), y nueva- mente, en Málaga, dentro del marco incomparable de nuestro salón de tronos, ‘entre varales’, usando términos cofrades. Ha creado un dignísimo ‘Libro del Consejo’, que agradecemos profundamente.

Y por último, el recientemente nombrado José Pérez Bryan Gómez a las personas que
durante los años de
funcionamiento del
Consejo, han presidido nuestra organización. Empezando
por Enrique Ruiz
del Portal López de 
Uralde, (q.e.p.d.), primer presidente, antiguo hermano mayor, promotor de toda una estirpe de sangre menosa por todos lados, al que recordamos entre sus muchos méritos por haber sido el diseñador del antiguo trono de Nuestra Señora de la Soledad, antecesor y del mismo estilo del que con tanto orgullo procesionamos hoy.

Le siguió Francisco Fernández Verni, auténtico promotor de la moderna y atractiva Congregación de la Bárcena, con al menos tres generaciones (conocidas), de cofrades a sus espaldas, del que esperamos sinceramente, una continuidad en los trabajos que necesite la Congregación, y aportando su incuestionable vocación y vivencia cristiana para dar un sentido de mayor espiritualidad a nuestro Consejo.

A todos ellos, y a los consejeros que son y han sido, nuestro agradecimiento por el trabajo de apoyo a la junta de gobierno, y por mantener vivas y bien cuidadas las tradiciones de nuestra Congregación dominica.

 

 

 
Los Arcones: Ejemplar comportamiento de un congregante anónimo E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.

 

En esta edición de ‘los arcones’, hago una excepción. En lugar de desempolvar recuerdos antiguos de nuestra historia reciente, traigo estas líneas que corresponden a nuestra procesión de este año de 2010. Un hecho excepcional, para una situación, a mi juicio, excepcional. Y experiencia preciosa que no resisto contaros. Vosotros diréis.

Seguramente, el hombre debía estar fastidiado. Mejor dicho, y poniéndome en su lugar, yo diría que muy fastidiado. Dieciocho años llevando sobre sus hombros al Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, y un buen día, ‘Lo sentimos, has cumplido cincuenta y un años… Hay que hacer relevos…’. Se acabó.

Bueno, al menos, alguien de la familia sigue en la procesión. Su hija, de dieciséis años llevaba una insignia en la sección de la Virgen. Por cierto, que se la había recogido su mujer. –‘Es la última que queda, pero no pesa mucho’, le dijeron en Albacería, y la recogió para su hija. La cruz alzada, que acompañaba al libro de los evangelios, tras la presidencia y formando un cuerpo con el director espiritual y la representación de la junta de gobierno que le acompañaba. Buen sitio, cerquita de la Virgen.

Pero de cualquier manera, tras dieciocho años acompañándole, se le hacía duro. Por lo que se propuso tragarse ‘el marrón’ de la mejor forma posible. Primero, en la silla, con su mujer y el resto de la familia, para ver pasar la Congregación. Sabía que no era un buen bocado, tras muchos años. Pero tras eso, a resarcirse, y pegarse un ‘festival’ gastronómico que le hiciese olvidar. Todo organizado, mesa reservada y ánimo dispuesto, pero…

Primero vio pasar casi la procesión completa. Al paso del trono del Cristo, nudo en la garganta, saludo de los compañeros de varal, y seguramente el corazón ‘encogío’, que no somos de madera. Tras el desfile de la compañía de honores, disfrutando, viendo lo que tantas veces había oído sin poder apreciar, la sección de nazarenos de la Virgen. ¡Qué bonita es la procesión en la calle! Al final de ella, y antes del trono, llegaba su hija, de dieciséis años, con la insignia más importante de la procesión.

Algo pasaba, porque no andaba ‘fina’. Y se acercó: ‘No puedo con ella. Se me resbala con los guantes, y pesa demasiado’, debió decirle la chiquilla.

La verdad es que esta insignia que llevamos como representación parroquial, está formada por el báculo de una antigua hacheta, a la que se la ha añadido la cruz parroquial en su terminación, y el aparato para sujetar la faldilla. Es verdad que no pesa demasiado, pero normalmente, como tal hacheta se lleva como si fuera un bastón fijo, sin levantarla del suelo, apoyando los pasos del nazareno. Y como cruz alzada, había que llevarla, como su nombre indica, en alto. Y aunque dispone de nudos para sujetar las manos, con guantes, es fácil que se resbale, obligando a hacer esfuerzos supletorios. El penitente con picardía, la coge por el regatón del pie, y la alza sin problema, sin posibilidad de resbalarse. Pero, por lo visto, a esta chica nadie la informó, y nosotros no nos enteramos de su problema.

Y ahí dos posturas: Una de inexperiencia; pues consultando con algún mayordomo ambulante (los de capa blanca), seguramente hubieran podido buscar una solución, como buscar un nazareno algo más fuerte con el que cambiar de sitio o explicarle la forma de llevarla sin esfuerzos importantes, y otra de corazón cofrade: ‘Yo no puedo entrar en calle Larios, decídete’. Todo, menos que te salgas, dejando abandonada una parte de la procesión importante.

Hasta ahí, todo lo descrito son suposiciones mías, menos la frase anterior del padre que pude oírla, creyendo que se referiría a llevarle agua o alguna otra cosa. Tampoco me di cuenta del rebote que debió coger para abandonar a su familia en la silla, irse a calle Santa Lucía, y esperar el paso de la sección, donde su hija se salió, de forma rápida se cambiaron la túnica bordada, se puso el capirote… y se incorporó al desfile con la cruz alzada en sus manos. Rápido.

El caso es que no me di cuenta del ‘cambiazo’, (era el lugar en el que mis nietecillos se habían salido de la procesión y estaban en nuestras sillas, por lo que estaba pendiente de ellos, qué queréis, uno es abuelo y estos momentos lo ponen ‘tierno’), hasta que el bueno de Pachi, nuestro dominico director, me dijo tras haber superado la salida controlada de calle Santa Lucía: ¡Qué mal genio tienen algunos nazarenos! Fíjate que le he dicho al de la cruz que la lleve derecha, y me ha contestado muy serio y al parecer bastante enfadado, que ‘Más vale que vaya doblada a que no vaya, porque no se puede entregar una insignia como esta a una niña de dieciséis años que no puede con ella’.

Entonces sí que me di cuenta del cambio. La persona que llevaba delante de mí, no era la que había ido hasta entonces. La túnica le quedaba corta, pantalones claros y zapatos marrones. Era evidente, porque de Santo Domingo había salido correctamente uniformada.

Me preocupó el tema, pero no pude acercarme por varias razones, siendo una de ellas y no la menos importante, que si iba enfadado, era mejor dejar pasar un rato a que se serenaran los ánimos. Tan pronto como el sacerdote se retiró a su convento a la altura de la calle Puerta de Antequera, propuse a mi compañero, acompañante del director espiritual, que ya que no teníamos función específica, nos adelantáramos a hacer escolta de la cruz y los evangelios, que iban delante de nosotros, como he indicado antes. Y entonces sí pude hablar con aquel nazareno que aparentaba tener mal genio.

Y lo que recibí, mientras hablábamos, fue una lección de buen congregante. Efectivamente, el hombre decidió, sin consultar con ningún nazareno, mayordomo o no, que si su hija se había comprometido a llevar una insignia, y ella no podía, era su obligación no dejarla fuera. Y no lo pensó. Pero claro, somos humanos, y al rebote de no llevar al Cristo, se le sumó que su programa festivo-gastronómico, se le había esfumado. La Congregación está lo primero, y no lo dudó.

Me fue contando cosas, porque naturalmente, me sentí obligado a darle calor, que se sintiera al menos consciente que comprendíamos lo que había hecho. Y fue un final de procesión edificante. Incluso, cuando en algunos momentos nos separábamos del trono algo más de lo normal, siguiendo al cuerpo de nazarenos, me sugería: ‘Vamos a esperarla para que no vaya sola, ¿te parece?’ Integrado, totalmente integrado. Yo llegaría a pensar, que en el fondo de su corazón, llegó incluso a disfrutar de esa nueva experiencia que nunca había vivido: ser nazareno con túnica y la cara tapada.
Me dijo que era cirujano máxilofacial, médico estomatólogo, y que estaba buscando un local para dar cursos de especialización o algo así (de eso último no me enteré de mucho, porque a mí, cuando me habla cerca un dentista, me da ‘yuyu’ y casi no entiendo lo que dice, arrojado que es uno…). Pero, como dije antes, fue un final de procesión de lo más gratificante. Y enriquecedor.

Tras el encierro, quise saludarle, pero perdí momentáneamente algo importante, tuve que volver a buscarlo… y se había ido. Por eso escribo estas líneas. Naturalmente, puedo hacer por conocer su nombre. Las listas de trono y de nazareno son fáciles de conseguir, pero no he querido. Respeto su anonimato. Hasta que él quiera.

Querido hermano congregante. Gracias por tu ejemplo. Gracias por sentirte Congregación. Espero que para el próximo año pueda gozar de tu compañía, ya desde el principio, en las filas de nuestra procesión, acompañando a tu Cristo desde otro trabajo, nunca menos digno y gozoso que desde bajo el varal.

Gente como tú hace grande nuestra Congregación. Por favor, no te pierdas.

 
Los Arcones: Escándalo en la Málaga cofrade E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.

 

Ocurrió, que en el año anterior, siendo albacea general quien esto os escribe, debido al malísimo estado de conservación del trono de la Virgen, se dio un informe negativo de la seguridad en la calle del trono, no responsabilizándome de sacarlo en aquellas condiciones el año siguiente sin un arreglo a fondo.
Misteriosamente, (siempre he pensado que aquello estaba previsto), bajo la presidencia del primer teniente hermano mayor, Santiago Pérez Muñoz, se aprobó en la primera junta de gobierno después de la Semana Santa, ‘Hacer un trono nuevo para Nuestra Señora de la Soledad’, a propuesta del directivo José González Ramos.
Poco tiempo después de Semana Santa de 1973, hubo preceptivas elecciones, dada la situación acéfala en que nos encontrábamos por dimisión de José María González Carreras, y tal como estaba previsto, una vez rota la cadena con José María, elegimos al que tenía que sustituir al anterior, José González Ramos.

Andas

Como la cosa de la comisión de trono estaba en marcha, (ya hablaré en otro ‘los arcones’ del caso), y mientras se decidía diseño, tallista, etc., se encargó unas andas que fueran dignas, para procesionar a nuestra Virgen, mientras realizaban su trono. Dichas andas, algo mayores de las habituales de traslado, (y que por cierto pesaban lo suyo), se prepararon como digo, para la procesión del año 1974.
Pero no contábamos con el destino. Ni con el destino, ni con el corazón impulsivo y generoso de nuestro hermano mayor. Al parecer las cosas ocurrieron de la siguiente forma, (o al menos, es lo que nos explicaron cuando pusimos cara de breva). En el acto de la mañana, del traslado de nuestro Cristo a su trono, que aunque el escenario era menos espectacular que ahora, tenía la misma solemnidad y atractivo popular, uno de los coroneles que nos acompañaban, comentó, entusiasmado, ‹‹Este espectáculo debería verlo toda Málaga››. A su vez, el coronel del II Tercio, quizás el legionario más leal y entrañable que nunca conocí, José Manuel Giménez Henríquez, que sabía que era el último año de su mando de Tercio pues estaba a punto de ascender, y aunque todos barruntábamos que podía ser el siguiente general Subinspector de La Legión, nunca existía la seguridad, por lo que, en definitiva, podía ser su último año en procesión vistiendo la camisa verde. Y había que conocer al coronel. Era todo corazón, y enamorado de su Cristo, llevado de la pena de tener la posibilidad de no acompañarle más, no tuvo otra ocurrencia que solicitar al hermano mayor, la posibilidad de llevarlo durante la procesión a hombros de los legionarios, después que ellos hubieran hecho los primeros tramos. (Ellos eran los coroneles, jefes y oficiales que habían venido en comisión).

Decisión

Dicen que Pepe González Ramos, lo comentó primero con el párroco, después se fue ante el Santísimo, supongo que ante el Monumento, oró largamente, (no tan largamente porque la decisión era urgente), y según cuentan de un hombre con fe tan viva, salió de allí con la decisión “transmitida por El Señor que era su voluntad”. Hágase. Ni más ni menos, así de fácil. Reunió a varios de sus colaboradores más íntimos, (creo que fueron sus tenientes hermanos mayores Paco Fernández Verni, Santiago Pérez Muñoz, supongo que Antonio Jesús González Ramírez, y no sé si alguno más, y les transmitió su deseo de cumplir con la voluntad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, de ser procesionado a hombros por los caballeros legionarios.
Hay que conocer a Pepe. Con él, no caben las medias tintas. Hay que seguirle, o irse. Tiene tal clase de entusiasmo, tal convencimiento de lo que dice, tanta fe en sus convicciones, que es capaz de convencerte de lo que quiere, solo porque nunca lo pone de su boca: Siempre es deseo de Dios. Y un Jueves Santo, a las seis de la tarde, tú te crees eso y mucho más.
Se llamó a Joaquín Montero q.e.p.d., a Manolo, su hijo, y al resto de personas que denominábamos por entonces ‘los carpinteros’, (Antonio Corrales, Antonio Alcoba, etc.), que por entonces montaban los tronos, (ahora siguen colaborando, ya congregantes, pero es otro capítulo), y les ordenaron que se bajara al Cristo, que había sido entronizado en el solemne traslado de la mañana. Y lo hicieron.

‹‹¡Venís a quitarnos nuestro Cristo!››

La que se lió cuando llegaron los portadores, tan guapos con sus chaquetas azules y sus pantalones grises. Hubo llantos, cabreos monumentales, plante colectivo... la mundial. Pepe los reunió, acompañado del coronel Giménez Henríquez y les explicó lo mismo que a los directivos, pero me temo que no sirvió de mucho. Alguien gritó al coronel ‹‹¡Venís a quitarnos nuestro Cristo!››. La contestación de José Manuel, creo que fue una de las charlas más profundas y sinceras que nunca se han dicho en vísperas de una procesión. Pero se siguió con la idea, y Pepe les ofreció una vela para acompañar a su Cristo en la procesión, y, o se fueron a sus casas, o se esperaron en el ‘tinglao’ hasta la vuelta.
Y yo, que era jefe de la sección de la Virgen, y estaba organizando la procesión en el interior de Santo Domingo, sin enterarme. Desde dentro, oí el himno nacional, preparé la cabeza de la sección para salir, y organicé el resto de la misma, siempre, como digo, desde dentro. Salí el último, por lo que el Cristo debía estar ya cerca de la Alameda, o al menos pasando por el edificio de Hacienda. Me quedé para ver salir a la Virgen, (ya he dicho que iba en andas), y después, me adelanté para llevar la procesión para adelante.
Al llegar a la Alameda, miré hacia el fondo, para ver el trono del Cristo... y no le ví. No sé que me pasó por la cabeza, pero salí corriendo atravesando la formación de La Legión, y de pronto... me lo encontré ¡A hombros!
Lo primero que pensé, naturalmente, es que el trono se había roto al salir, yo que sé. Y no tenía a quien preguntar, porque ‘los importantes’ iban en la sección del Cristo. Hasta que el mayordomo de las andas de la Virgen, (no recuerdo quien era), me aclaró algo. Así viví aquella procesión.
Pero lo bueno vino al día siguiente, en la prensa. ‘¡Mena sin tronos!’ Y naturalmente, los puristas agrupacionales nos pusieron en la picota. ¡Que les quiten la subvención! ¡Esto es una falta de respeto! ¡Esto es un exhibicionismo! Etc. etc.
Más fuerza le dio esta paliza al hermano mayor. ‹‹¡Si la Agrupación no nos admite, es evidente que está equivocada!››. La verdad, es que pasó lo de siempre: los congregantes, ante el exterior, hicimos una piña con nuestro hermano mayor, y hubo una época que estuvimos bastante distanciados de la Agrupación de Cofradías, diciendo, está claro, que de Mena hay que hablar siempre, por lo bueno, o por lo malo. Hasta años más tarde, que el sucesor de Pepe arregló el tema y las cosas volvieron a su cauce.
Pero la verdad del hecho, es que la cofradía de Mena, por una cosa y por la otra, ese año, salió a la calle… sin tronos.

 
<< Inicio < Prev 1 2 3 Próximo > Fin >>

Página 1 de 3