Ramón Gómez Ravassa

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JMJ 2011

Los Arcones
Los Arcones: Ejemplar comportamiento de un congregante anónimo E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.

 

En esta edición de ‘los arcones’, hago una excepción. En lugar de desempolvar recuerdos antiguos de nuestra historia reciente, traigo estas líneas que corresponden a nuestra procesión de este año de 2010. Un hecho excepcional, para una situación, a mi juicio, excepcional. Y experiencia preciosa que no resisto contaros. Vosotros diréis.

Seguramente, el hombre debía estar fastidiado. Mejor dicho, y poniéndome en su lugar, yo diría que muy fastidiado. Dieciocho años llevando sobre sus hombros al Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas, y un buen día, ‘Lo sentimos, has cumplido cincuenta y un años… Hay que hacer relevos…’. Se acabó.

Bueno, al menos, alguien de la familia sigue en la procesión. Su hija, de dieciséis años llevaba una insignia en la sección de la Virgen. Por cierto, que se la había recogido su mujer. –‘Es la última que queda, pero no pesa mucho’, le dijeron en Albacería, y la recogió para su hija. La cruz alzada, que acompañaba al libro de los evangelios, tras la presidencia y formando un cuerpo con el director espiritual y la representación de la junta de gobierno que le acompañaba. Buen sitio, cerquita de la Virgen.

Pero de cualquier manera, tras dieciocho años acompañándole, se le hacía duro. Por lo que se propuso tragarse ‘el marrón’ de la mejor forma posible. Primero, en la silla, con su mujer y el resto de la familia, para ver pasar la Congregación. Sabía que no era un buen bocado, tras muchos años. Pero tras eso, a resarcirse, y pegarse un ‘festival’ gastronómico que le hiciese olvidar. Todo organizado, mesa reservada y ánimo dispuesto, pero…

Primero vio pasar casi la procesión completa. Al paso del trono del Cristo, nudo en la garganta, saludo de los compañeros de varal, y seguramente el corazón ‘encogío’, que no somos de madera. Tras el desfile de la compañía de honores, disfrutando, viendo lo que tantas veces había oído sin poder apreciar, la sección de nazarenos de la Virgen. ¡Qué bonita es la procesión en la calle! Al final de ella, y antes del trono, llegaba su hija, de dieciséis años, con la insignia más importante de la procesión.

Algo pasaba, porque no andaba ‘fina’. Y se acercó: ‘No puedo con ella. Se me resbala con los guantes, y pesa demasiado’, debió decirle la chiquilla.

La verdad es que esta insignia que llevamos como representación parroquial, está formada por el báculo de una antigua hacheta, a la que se la ha añadido la cruz parroquial en su terminación, y el aparato para sujetar la faldilla. Es verdad que no pesa demasiado, pero normalmente, como tal hacheta se lleva como si fuera un bastón fijo, sin levantarla del suelo, apoyando los pasos del nazareno. Y como cruz alzada, había que llevarla, como su nombre indica, en alto. Y aunque dispone de nudos para sujetar las manos, con guantes, es fácil que se resbale, obligando a hacer esfuerzos supletorios. El penitente con picardía, la coge por el regatón del pie, y la alza sin problema, sin posibilidad de resbalarse. Pero, por lo visto, a esta chica nadie la informó, y nosotros no nos enteramos de su problema.

Y ahí dos posturas: Una de inexperiencia; pues consultando con algún mayordomo ambulante (los de capa blanca), seguramente hubieran podido buscar una solución, como buscar un nazareno algo más fuerte con el que cambiar de sitio o explicarle la forma de llevarla sin esfuerzos importantes, y otra de corazón cofrade: ‘Yo no puedo entrar en calle Larios, decídete’. Todo, menos que te salgas, dejando abandonada una parte de la procesión importante.

Hasta ahí, todo lo descrito son suposiciones mías, menos la frase anterior del padre que pude oírla, creyendo que se referiría a llevarle agua o alguna otra cosa. Tampoco me di cuenta del rebote que debió coger para abandonar a su familia en la silla, irse a calle Santa Lucía, y esperar el paso de la sección, donde su hija se salió, de forma rápida se cambiaron la túnica bordada, se puso el capirote… y se incorporó al desfile con la cruz alzada en sus manos. Rápido.

El caso es que no me di cuenta del ‘cambiazo’, (era el lugar en el que mis nietecillos se habían salido de la procesión y estaban en nuestras sillas, por lo que estaba pendiente de ellos, qué queréis, uno es abuelo y estos momentos lo ponen ‘tierno’), hasta que el bueno de Pachi, nuestro dominico director, me dijo tras haber superado la salida controlada de calle Santa Lucía: ¡Qué mal genio tienen algunos nazarenos! Fíjate que le he dicho al de la cruz que la lleve derecha, y me ha contestado muy serio y al parecer bastante enfadado, que ‘Más vale que vaya doblada a que no vaya, porque no se puede entregar una insignia como esta a una niña de dieciséis años que no puede con ella’.

Entonces sí que me di cuenta del cambio. La persona que llevaba delante de mí, no era la que había ido hasta entonces. La túnica le quedaba corta, pantalones claros y zapatos marrones. Era evidente, porque de Santo Domingo había salido correctamente uniformada.

Me preocupó el tema, pero no pude acercarme por varias razones, siendo una de ellas y no la menos importante, que si iba enfadado, era mejor dejar pasar un rato a que se serenaran los ánimos. Tan pronto como el sacerdote se retiró a su convento a la altura de la calle Puerta de Antequera, propuse a mi compañero, acompañante del director espiritual, que ya que no teníamos función específica, nos adelantáramos a hacer escolta de la cruz y los evangelios, que iban delante de nosotros, como he indicado antes. Y entonces sí pude hablar con aquel nazareno que aparentaba tener mal genio.

Y lo que recibí, mientras hablábamos, fue una lección de buen congregante. Efectivamente, el hombre decidió, sin consultar con ningún nazareno, mayordomo o no, que si su hija se había comprometido a llevar una insignia, y ella no podía, era su obligación no dejarla fuera. Y no lo pensó. Pero claro, somos humanos, y al rebote de no llevar al Cristo, se le sumó que su programa festivo-gastronómico, se le había esfumado. La Congregación está lo primero, y no lo dudó.

Me fue contando cosas, porque naturalmente, me sentí obligado a darle calor, que se sintiera al menos consciente que comprendíamos lo que había hecho. Y fue un final de procesión edificante. Incluso, cuando en algunos momentos nos separábamos del trono algo más de lo normal, siguiendo al cuerpo de nazarenos, me sugería: ‘Vamos a esperarla para que no vaya sola, ¿te parece?’ Integrado, totalmente integrado. Yo llegaría a pensar, que en el fondo de su corazón, llegó incluso a disfrutar de esa nueva experiencia que nunca había vivido: ser nazareno con túnica y la cara tapada.
Me dijo que era cirujano máxilofacial, médico estomatólogo, y que estaba buscando un local para dar cursos de especialización o algo así (de eso último no me enteré de mucho, porque a mí, cuando me habla cerca un dentista, me da ‘yuyu’ y casi no entiendo lo que dice, arrojado que es uno…). Pero, como dije antes, fue un final de procesión de lo más gratificante. Y enriquecedor.

Tras el encierro, quise saludarle, pero perdí momentáneamente algo importante, tuve que volver a buscarlo… y se había ido. Por eso escribo estas líneas. Naturalmente, puedo hacer por conocer su nombre. Las listas de trono y de nazareno son fáciles de conseguir, pero no he querido. Respeto su anonimato. Hasta que él quiera.

Querido hermano congregante. Gracias por tu ejemplo. Gracias por sentirte Congregación. Espero que para el próximo año pueda gozar de tu compañía, ya desde el principio, en las filas de nuestra procesión, acompañando a tu Cristo desde otro trabajo, nunca menos digno y gozoso que desde bajo el varal.

Gente como tú hace grande nuestra Congregación. Por favor, no te pierdas.

 
Los Arcones: Escándalo en la Málaga cofrade E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.

 

Ocurrió, que en el año anterior, siendo albacea general quien esto os escribe, debido al malísimo estado de conservación del trono de la Virgen, se dio un informe negativo de la seguridad en la calle del trono, no responsabilizándome de sacarlo en aquellas condiciones el año siguiente sin un arreglo a fondo.
Misteriosamente, (siempre he pensado que aquello estaba previsto), bajo la presidencia del primer teniente hermano mayor, Santiago Pérez Muñoz, se aprobó en la primera junta de gobierno después de la Semana Santa, ‘Hacer un trono nuevo para Nuestra Señora de la Soledad’, a propuesta del directivo José González Ramos.
Poco tiempo después de Semana Santa de 1973, hubo preceptivas elecciones, dada la situación acéfala en que nos encontrábamos por dimisión de José María González Carreras, y tal como estaba previsto, una vez rota la cadena con José María, elegimos al que tenía que sustituir al anterior, José González Ramos.

Andas

Como la cosa de la comisión de trono estaba en marcha, (ya hablaré en otro ‘los arcones’ del caso), y mientras se decidía diseño, tallista, etc., se encargó unas andas que fueran dignas, para procesionar a nuestra Virgen, mientras realizaban su trono. Dichas andas, algo mayores de las habituales de traslado, (y que por cierto pesaban lo suyo), se prepararon como digo, para la procesión del año 1974.
Pero no contábamos con el destino. Ni con el destino, ni con el corazón impulsivo y generoso de nuestro hermano mayor. Al parecer las cosas ocurrieron de la siguiente forma, (o al menos, es lo que nos explicaron cuando pusimos cara de breva). En el acto de la mañana, del traslado de nuestro Cristo a su trono, que aunque el escenario era menos espectacular que ahora, tenía la misma solemnidad y atractivo popular, uno de los coroneles que nos acompañaban, comentó, entusiasmado, ‹‹Este espectáculo debería verlo toda Málaga››. A su vez, el coronel del II Tercio, quizás el legionario más leal y entrañable que nunca conocí, José Manuel Giménez Henríquez, que sabía que era el último año de su mando de Tercio pues estaba a punto de ascender, y aunque todos barruntábamos que podía ser el siguiente general Subinspector de La Legión, nunca existía la seguridad, por lo que, en definitiva, podía ser su último año en procesión vistiendo la camisa verde. Y había que conocer al coronel. Era todo corazón, y enamorado de su Cristo, llevado de la pena de tener la posibilidad de no acompañarle más, no tuvo otra ocurrencia que solicitar al hermano mayor, la posibilidad de llevarlo durante la procesión a hombros de los legionarios, después que ellos hubieran hecho los primeros tramos. (Ellos eran los coroneles, jefes y oficiales que habían venido en comisión).

Decisión

Dicen que Pepe González Ramos, lo comentó primero con el párroco, después se fue ante el Santísimo, supongo que ante el Monumento, oró largamente, (no tan largamente porque la decisión era urgente), y según cuentan de un hombre con fe tan viva, salió de allí con la decisión “transmitida por El Señor que era su voluntad”. Hágase. Ni más ni menos, así de fácil. Reunió a varios de sus colaboradores más íntimos, (creo que fueron sus tenientes hermanos mayores Paco Fernández Verni, Santiago Pérez Muñoz, supongo que Antonio Jesús González Ramírez, y no sé si alguno más, y les transmitió su deseo de cumplir con la voluntad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, de ser procesionado a hombros por los caballeros legionarios.
Hay que conocer a Pepe. Con él, no caben las medias tintas. Hay que seguirle, o irse. Tiene tal clase de entusiasmo, tal convencimiento de lo que dice, tanta fe en sus convicciones, que es capaz de convencerte de lo que quiere, solo porque nunca lo pone de su boca: Siempre es deseo de Dios. Y un Jueves Santo, a las seis de la tarde, tú te crees eso y mucho más.
Se llamó a Joaquín Montero q.e.p.d., a Manolo, su hijo, y al resto de personas que denominábamos por entonces ‘los carpinteros’, (Antonio Corrales, Antonio Alcoba, etc.), que por entonces montaban los tronos, (ahora siguen colaborando, ya congregantes, pero es otro capítulo), y les ordenaron que se bajara al Cristo, que había sido entronizado en el solemne traslado de la mañana. Y lo hicieron.

‹‹¡Venís a quitarnos nuestro Cristo!››

La que se lió cuando llegaron los portadores, tan guapos con sus chaquetas azules y sus pantalones grises. Hubo llantos, cabreos monumentales, plante colectivo... la mundial. Pepe los reunió, acompañado del coronel Giménez Henríquez y les explicó lo mismo que a los directivos, pero me temo que no sirvió de mucho. Alguien gritó al coronel ‹‹¡Venís a quitarnos nuestro Cristo!››. La contestación de José Manuel, creo que fue una de las charlas más profundas y sinceras que nunca se han dicho en vísperas de una procesión. Pero se siguió con la idea, y Pepe les ofreció una vela para acompañar a su Cristo en la procesión, y, o se fueron a sus casas, o se esperaron en el ‘tinglao’ hasta la vuelta.
Y yo, que era jefe de la sección de la Virgen, y estaba organizando la procesión en el interior de Santo Domingo, sin enterarme. Desde dentro, oí el himno nacional, preparé la cabeza de la sección para salir, y organicé el resto de la misma, siempre, como digo, desde dentro. Salí el último, por lo que el Cristo debía estar ya cerca de la Alameda, o al menos pasando por el edificio de Hacienda. Me quedé para ver salir a la Virgen, (ya he dicho que iba en andas), y después, me adelanté para llevar la procesión para adelante.
Al llegar a la Alameda, miré hacia el fondo, para ver el trono del Cristo... y no le ví. No sé que me pasó por la cabeza, pero salí corriendo atravesando la formación de La Legión, y de pronto... me lo encontré ¡A hombros!
Lo primero que pensé, naturalmente, es que el trono se había roto al salir, yo que sé. Y no tenía a quien preguntar, porque ‘los importantes’ iban en la sección del Cristo. Hasta que el mayordomo de las andas de la Virgen, (no recuerdo quien era), me aclaró algo. Así viví aquella procesión.
Pero lo bueno vino al día siguiente, en la prensa. ‘¡Mena sin tronos!’ Y naturalmente, los puristas agrupacionales nos pusieron en la picota. ¡Que les quiten la subvención! ¡Esto es una falta de respeto! ¡Esto es un exhibicionismo! Etc. etc.
Más fuerza le dio esta paliza al hermano mayor. ‹‹¡Si la Agrupación no nos admite, es evidente que está equivocada!››. La verdad, es que pasó lo de siempre: los congregantes, ante el exterior, hicimos una piña con nuestro hermano mayor, y hubo una época que estuvimos bastante distanciados de la Agrupación de Cofradías, diciendo, está claro, que de Mena hay que hablar siempre, por lo bueno, o por lo malo. Hasta años más tarde, que el sucesor de Pepe arregló el tema y las cosas volvieron a su cauce.
Pero la verdad del hecho, es que la cofradía de Mena, por una cosa y por la otra, ese año, salió a la calle… sin tronos.

 
Los Arcones: Los antiguos hombres de trono E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.

 

Si la media (estimada) de edad de nuestros hombres de trono se halla en la treintena corta, quiere decir que, allá por los años setenta al setenta y cinco, más o menos, la gran mayoría de los hoy hombres de trono, aún estaban en ‘el pensamiento de Dios’, como le gustaba decir a mi cuñada a sus hijas, cuando repetidamente le preguntaban, ‹‹¿Y antes de la barriguita de mamá, dónde estaba yo?››.
Los más veteranos, los que rondan la cincuentena, (que ya va siendo hora del relevo, colegas), eran niños o adolescentes cuando vino la crisis de los tronos, que no era otra que el reflejo de la situación general que la sociedad tenía con respecto a las cofradías en particular, y con la Iglesia oficial, en general.
Los tronos, eran llevados por cuadrillas de hombres pagados, contratados por un ‘capataz’, responsable de la misma, y que a su vez, era ayudado por varios, casi siempre, cuatro, responsables de banda, a los que se llamaba ‘encargados’. En definitiva, el ‘mando’ del trono correspondía al o a los mayordomos que la cofradía nombraba, pero toda la responsabilidad de personal, tallaje, reparto de túnicas, y pago a los hombres, correspondía al citado capataz.

 

Capataces

Los hubo buenos y muy buenos, dentro de la picaresca, por todos admitida que tal trabajo reportaba, y que después citaremos en algunas anécdotas. De los que recuerdo, aparte de los hermanos Polo, descendientes de un gran capataz que fue su padre, y de los que uno de ellos, Juan Polo, era quien llevaba nuestro trono, además de la Soledad del Sepulcro y algunos más, estaban el famoso ‘Bigote de pana’, o mejor dicho, ‘Bigotepana’, ‘El Caimán’, etc. (Como se puede comprobar, nombres muy académicos).
De los encargados, que muchos de ellos devinieron en capataces en los últimos tiempos, destacaron Juanmi, ferralla de profesión; Antonio Cabra, policía nacional y hombre clave en muchas fases de la Semana Santa de Málaga, cerrajero, almacenista de tronos y montador de tribunas; Grabiel, así, como suena, gitano de buena casta, que aún hoy con sus muchos años sigue alrededor de los tronos; el famoso Cili, (Cecilio), empresario encofrador; Manolo Montero, hijo de Joaquín, carpintero irredento de nuestro trono de la Soledad; su inseparable amigo y a su vez entrañable Antonio Corrales, el incombustible; Juan, cariñosamente conocido por ‘la Canosa’, (y espero que no se moleste por esto, porque siempre le han llamado así), por el color de su pelo desde muy joven, hoy, como siempre a los pies del trabajo en su Cofradía del Sepulcro, etc. etc.

 

Sueldos

Los sueldos, eran algo pintoresco. Se fijaba con antelación ‘los honorarios’ del capataz; el correspondiente a los encargados, que venía a ser como cuatro o cinco sueldos de los hombres de la cuadrilla. Doble sueldo para determinados cargos dentro de los varales por trabajos específicos, y lo mismo para ‘el aguaó’. Y por supuesto, el jornal para cada hombre de trono, que venía a ser en aquella época alrededor de las mil o mil doscientas pesetas, y el número de ellos que eran necesarios. Y se repartían tarjetas de control para las inspecciones que durante el recorrido se hacía para contar que el número de hombres correspondía al contratado, (que casi nunca se cumplía). Hasta ahí, lo prefijado. No obstante, había una costumbre que para los años setenta casi se había extinguido, que eran ‘los premios’.
Si a juicio del capataz, en un momento el trono renqueaba, se solicitaba ‘una prima especial’, para determinado momento: una curva complicada, el paso por la tribuna, o algo semejante. Esta prima, le correspondía pagarla a los mayordomos, por lo que sin querer, se producía un chantaje teórico, que tenía como consecuencia dos cosas. La primera, que nunca sabías por cuánto iba a salir el llevar el martillo, y por otra, que limitaba mucho el acceso al cargo para los cofrades menos pudientes. En mi tiempo, ya en los setenta y tantos, esta costumbre se había extinguido, y se había sustituido por el coste de los bocadillos, que religiosamente, junto con el paquete de tabaco, iban por cuenta de los mayordomos.
Toda estas circunstancias, junto a la frecuente poca seriedad que se veía bajo los varales, así como el coste excesivo para las cofradías, que vuelvo a repetir, estaban en horas muy bajas, motivaron que la gente joven, gracias a Dios, diera el paso adelante, y se hiciera con los varales. Ahí comenzó la gran revolución cofrade, que ha dado en nuestros días, la hermosa
realidad que tenemos en la actualidad. Más seriedad, mayores ingresos, el aumento de hermanos en las listas cofrades, y el ahorro de sueldos que ello conlleva.

 

Casos curiosos

Se daban casos curiosísimos. (Ya me lo habían advertido, pero no lo podía creer). En un momento del recorrido, creo que fue en la parada al principio de la rotonda del Marqués de
Larios, nuestro trono de la Soledad flaqueó algo. Polo no lo dudó: se fue para uno del varal A, (hombro derecho), lo cogió de la túnica, se la quitó, y a voces, insultándole, lo echó del trono. La reacción del personal fue espectacular, se dio una vuelta y un recorrido en calle de Larios, sin un fallo. Lo que yo no sabía es que el ‘echado’, era medio familia del Polo, que cobraba ‘dos sueldos’ por el numerito aquél, y que todo era una estratagema para que el personal ‘hincara el hombro’. Pero la verdad es que dio resultado.
De la misma manera, era relativamente frecuente, que a pesar de no coincidir casi nunca el número de contratados con los resultantes de los controles realizados, sin embargo, a la hora de pagar, (que hacían los mayordomos junto al albacea general), los números siempre cuadraban. Hasta que nos dábamos cuenta que alguno, partía la túnica en dos, y cobraba dos veces, (seguramente para pagar al compañero que se había tangado)... una por ti...
En fin, historias, afortunadamente pasadas que marcaron un hito, pero que seguramente no debemos olvidar, porque aparte de lo contado, muchos de aquellos hombres lo hacían, aparte de por el dinero, que era escaso en aquellos tiempos, por afición y hasta por devoción, que también la había, y no poca.
Y siempre, siempre, agradecer a todos aquellos hombres su trabajo a pesar de todo, porque durante muchos años, fueron parte importante de nuestras procesiones.

 
Los Arcones: La corona de espinas E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.

 

De las muchas tradiciones que se recuperaron en tiempos de Vicente Pineda, fue la ejecución anual y la imposición al Santísimo Cristo de una corona de espinos que, una vez transcurrida la Semana Santa, se entregaba a alguien de reconocido renombre en la sociedad malagueña, y que evidentemente se hubiera destacado en el beneficio de la cofradía.

La tradición, que yo viví algunos años, y que me contaron algunos mayores, (naturalmente, uno fue Luis Blanco), era la siguiente: Se hacía una corona de espinos, que se colocaba al Santísimo Cristo antes de la procesión. Esa misma corona, se procesionaba al año siguiente, llevada por un directivo de chaqué, (o de frac), sobre un cojín negro. Creo recordar que este directivo iba acompañado por otro vestido de la misma guisa, que a su vez portaba otro cojín con los clavos de la cruz. Posteriormente, la corona se regalaba a alguna dama de la sociedad malagueña (o de fuera, dependiendo del compromiso), y que se hubiera distinguido en colaborar con la cofradía. Es fácil suponer que en aquellos años de penuria, el “distinguirse” debía estar ligado a “la ayuda” recibida. En el tiempo, al perderse la costumbre de presidir en chaqué, también se perdió lo de la corona y los clavos. Existía una corona, bastante ajada por el paso del tiempo, que se usaba de vez en cuando, en función del albacea de turno, o que simplemente apareciera de entre los útiles de la cofradía. En los últimos años anteriores a esta narración, ya no se le ponía.

 

Recuperar tradiciones

Cuando se lo conté a Vicente, lo vió claro: ¿Eres capaz de hacer la corona? Yo nunca lo había intentado, pero en la ilusión de recuperar tradiciones que se perdían, accedí. Así funcionamos desde ese año, sólo que Vicente, a la hora de adjudicar la corona, rompió en parte la tradición, alegando que quienes más méritos tienen, son las camareras que de forma callada trabajan todo el año. Es más, en el protocolo que rápidamente creó a tal fin, la corona la adjudicaba el hermano mayor, a propuesta de las camareras, que en reunión decidían a quién se le daba cada año.

Este protocolo, se ha perfilado mucho: Tras bendecirla, se impone al Santísimo Cristo por una autoridad civil o militar, (en función de las circunstancias), el Domingo de Ramos, después de la misa cuando la había, (ahora no se celebra la eucaristía en ese acto, porque participamos institucionalmente en la procesión de los ramos de la parroquia), antes del toque de oración.

Hace unos años, cuando venían los suboficiales portaguiones, se tocaba el toque de oración, se rendían los guiones y banderines legionarios a los pies del Cristo, una vez terminada la imposición de la corona de espinos. El acto era emocionante.

Cuando termina la Semana Santa, se le retira, y se enmarca, en espera al Triduo del Santísimo Cristo, que se celebra en noviembre. En esos días, se hace entrega de la corona enmarcada. Lo que ocurre, es que ahora desconozco el proceso de “adjudicación”, aunque lógicamente, no debe diferir del descrito.

 

Proceso de elaboración

El proceso suele ser el mismo, con independencia del origen de los espinos. Hasta hace unos años, sólo Blanca Fernández Canivell, camarera ‘de las antiguas’, mantenía en su jardín de Miraflores de El Palo un rincón, sancta sanctorum de la jardinería, a quien el especialista que le cuida el jardín, debía odiar cordialmente, porque no permite ni un fallo: es para la maceta de los espinos, y Blanca los cuida con mimo todo el año, esperando el mes de marzo, donde me informa ‘que hay que ir a elegirlos’, antes de que el jardinero la pifie. Ahora, afortunadamente, hay varias personas, de dentro y fuera de la cofradía que tienen esos espinos, y me surten de ellos. Pues bien, alrededor de diez o doce días antes del Domingo de Ramos, cortamos los espinos, se amarran en una de las puntas, se curvan procurando trenzarlos, y finalmente se amarran las dos puntas formando algo que se parezca a un círculo, y se espera hasta el Sábado de Pasión, para que se vayan secando y tomen la forma.

Este día, a la mañana siguiente de la bajada del Cristo, aprovecho la mañana, y me encierro para terminar de hacerla. Lo primero, (y esencial, es desespinar todo el interior del círculo, para que en ningún momento se dañe la policromía de la talla. Después, se prueba directamente en la cabeza del Cristo, una y otra vez, hasta que la medida es correcta. A continuación se cose, taladrando los espinos con alambre dulce, (a ser posible pavonado o de color oscuro), y se fijan los extremos de forma que quede segura, suficientemente apretada para que ni se caiga, ni se vean demasiados huecos entre la corona y la talla.

En este acto de última prueba, deben estar, por supuesto el albacea general y algún mayordomo de la Virgen. Se hacen las correcciones que ellos estimen oportunas... y ‘c’est tout’, que diría un francés.
Solo queda esperar al Domingo de Ramos, y antes del acto, explicar a quien se ha elegido para su imposición, el modo de cogerla y colocarla.

Siempre he tenido curiosidad en saber qué nombre tiene el cactus que empleamos, al que todos llamamos ‘Espinos de Cristo’, pero hace poco, en una visita a Madrid, y paseando por el Jardín Botánico junto al Paseo del Prado, en el invernadero de plantas tropicales, vi el famoso cactus, o al menos uno exactamente igual, y no me resistí a fotografiarlo, y es practicamente el mismo. Se llama ‘Euphorvbia delphinensis’ y según el cartelito, procede de Madagascar. Evidentemente no me creo que fuere este el que usaran en el martirio de nuestro redentor, pero se deja trabajar, hay existencias suficientes... y queda bien.

Son ya veintidós años pinchándome las manos, y haciendo un trabajo realmente íntimo y reconfortante. Pero como he dicho muchas veces, si alguien quiere aprender, no tiene más que decírmelo, y el próximo año, ya tenemos ayudantes.

 corona de espinos

Veintidós coronas entregadas

Desde 1988 hasta el año pasado se han entregado en el Triduo del Cristo veintidós coronas de espinas a las siguientes personas (por orden cronológico): Tomy Díaz Bueno, Carmina García de Viana-Cárdenas, Encarnación Jurado, (Lili), María Eugenia Gross Loring, Margot Cabeza Morel, Blanca González Fernández Canivell, Rosa Pérez Martín, María Morales Naranjo, Solita Gómez Raggio, Julia Castronuño, María del Carmen Narbona Sánchez, Luisa Merino Blázquez, José Lorente Rueda, Pilar Lledó Vaño, Susana Delgado Escalante, Elías de Mateo Avilés, Conchita Martínez, Félix Revello de Toro, María Luisa Berdaguer, Cayetano Utrera Ravassa y Isabel González San Esteban.
 

 
Los Arcones: 1970/1973. La Decadencia. El año del remojón. La Transición. E-mail
Ramón Gómez Ravassa
Consejero

Para los menos veteranos que no los conocieron, los arcones eran unos baúles de considerable tamaño donde se guardaban los enseres, túnicas y demás elementos del patrimonio, ya que no se disponía de almacén alguno para su conservación. Eran el germen primigenio de la albacería de los años 50 y 60. Era la historia olvidada de nuestra Congregación de la posguerra, que conviene recordar, entre otras cosas, para poder valorar lo que hoy tenemos.

 

Fueron unos años extraños. Mena no se podía desligar de la apatía de la sociedad hacia las tradiciones seculares. La gente joven de iba apartando de la Iglesia, y de la misma forma, de las cofradías. Se puso de moda la “Iglesia contestataria”, y aparecieron los curas obreros, en el ánimo de llegar al pueblo mas “desfavorecido”. Seguramente, no les faltaba razón, pero el caso es que la sociedad, como digo, llevaba años desinteresándose del mundo cofrade, que para aquel movimiento naciente era sinónimo del “poder establecido”. Y eso que ya jugábamos a aprender la democracia...

    Yo mismo había estado con anterioridad, dos o tres años, sin salir, entre otras cosas, porque trabajaba fuera, y estando desligado del mundillo “cuaresmero”, cuando venía, me encontraba “fuera de sitio”.

    Recuerdo que un Miércoles Santo, creo que fue el 66, me había llegado a Santo Domingo, a intentar “remover emociones”, y me crucé con Carlos Rubio. Como llevaba dos años sin salir, (y debía tener problemas para cubrir el cuadro), me dijo, como siempre, usando el nombre y los dos apellidos: - “Ramón Gómez Ravassa, si eres bueno y vas a trabajar, te doy una túnica”  (¿?)

    A pesar de mis formales promesas, no picó, y aquello me motivó. Al año siguiente, ya estaba nuevamente incorporado y colaborando, (cuando me dejaba, porque ya se ha dicho que era especial). Fue el año que me hizo la túnica, Emilio Bautista, por encargo de Carlos.

    Las tarjetas de recomendación funcionaban a destajo. Normalmente, las secciones se cubrían enteras en cuanto a las insignias, pero en cuanto a las velas y hachetas... aquello era una pena. Algunos de aquellos años sacamos en la sección del Cristo, donde el cuerpo de nazarenos, en vez de cirios llevaba hachetas,  catorce nazarenos. Y alguno, siempre se mareaba y se retiraba, así que ya podemos imaginar cuántos volvían.

    Llegamos a 1.970. El Jueves Santo, con todo montado, hizo una tarde dudosa. Amenazaba lluvia, y de hecho, habían caído algunas gotas, y el miedo escénico al mayor enemigo de las procesiones, el agua, apareció. En aquella época era frecuente que las procesiones salieran al día siguiente por la mañana, o al menos con anterioridad al horario marcado para las del día. Hoy, no sé por qué, ya no se hace.

    Supongo que hubo “tribunal de aguas”, hoy estipulado en los estatutos, pero el caso, que ante el temor a los daños, no se salió, quedando en hacerlo, si el tiempo lo permitía, al día siguiente. Y el caso, que aquella noche, aparte de las amenazas, no llovió.

    Se decidió salir el Viernes Santo, creo que sobre las once o doce de la mañana. Estaba previsto el recorrido corto, volviendo por la Plaza del Obispo, Molina Larios y Alameda. Amaneció bueno. O al menos, sin grandes amenazas de agua, y, efectivamente, salimos.

Creo recordar que el trono de la Virgen estaba entrando en la Alameda. Comenzó uno de esos días de agua gorda de Málaga, y no paró hasta después de las tres de la tarde, cuando nos encerramos. ¡Madre, cuánta agua!.

Años mas tarde, cuando fui albacea, comprobé que el torso y la pierna del Cristo estaban abiertos, y amenazaba estropearse más. Pero no nos volvimos.

Muchas veces he pensado en aquello, y nunca lo he comprendido. Por qué no nos dimos la vuelta en la misma Alameda. O nos guarnecimos en algunos de los tinglaos que debía haber en algún punto del recorrido. Seguramente, no se pudo, o más probablemente, nos contagiamos del espíritu de nuestros Hermanos Predilectos, y actuamos como legionarios. ¡Siempre adelante!. Pero siempre he pensado que aquello fue una locura.

Pero el plazo estaba marcado. Fernando Soto y Carvajal, Conde de Puerto Hermoso, Hermano Mayor, empezaba a estar cansado. Seguramente cansado de no tener resultados del dineral que le estaba costando aquello, y cansado de que la Congregación no respondiera, a su entusiasmo, con el mismo entusiasmo. Comentaba dolido, desde su residencia en Pizarra, que se veía incapaz de seguir con esto adelante. Allí mismo, fue testigo de reuniones de los “barones”, que iban a verle, y en las que al parecer, según me contaban, las palabras se subían demasiado frecuentemente, de tono. Su bonhomía le impedía seguir con un cargo al que no respondía, paro también se daba cuenta que era preciso un cambio generacional, y que él se veía incapaz de liderar. Pero se equivocaba. No era él, sino, como he dicho, la sociedad malagueña en sí misma, que estaba en crisis cofradiera. Tenían que venir otros aires, y, naturalmente, con la ayuda de Dios, y el “empujoncito” de un grupo de congregantes, llegaron.
    Y llegaron. Naturalmente que llegaron, ¡y de que forma!.

    En Mena había habido grandes directivos que, desde los años 41 en adelante habían reconstruido el patrimonio de la Congregación, llegando, en la década de los 50 a rematar la “faena” con la restauración de la Capilla y el Camarín, por Álvaro Príes, que a su costa, y con sus manos, proyectó, y realizó la magnífica obra que aún hoy es inmejorada en el mundillo cofrade de Málaga.

    Muchos de aquellos señores, fueron faltando, o retirándose, por cuestiones de edad. Tal pasó por ejemplo con D. José González Barba, que en los años sesenta había dejado una numerosa familia en las vísperas de poder tomar responsabilidades, dada la categoría empresarial de muchos de sus miembros.
    Además, coincidía que no estaban en demasía de acuerdo con la forma de llevar la Cofradía del hermano Mayor Adjunto. Y, despacito, despacito, fueron moviéndose, para darle el giro que se necesitaba.

    Primero, a Fernando Soto, se le ofrecieron, y él, vio el cielo abierto, y dimitió, u ofreció la dimisión que de eso nunca me llegué a enterar. Sólo sé, que en Septiembre de 1.971, con ocasión de mi primer 20 de Septiembre, adonde fui comisionado acompañando al Hermano Mayor, en el viaje de vuelta, se me sinceró, diciendo lo cansado que estaba, y que iba a haber elecciones. Me habló de un “chico, hijo de hermano mayor, que parecía tenía buena pinta, y que podía sustituirle”.

    Aquello me indignó un poco. No olvidemos que yo formaba parte del equipo de Carlos Rubio, y aún a sabiendas que hacía falta un cambio, no me parecía justo que se movilizaran las fuerzas de la familia González Ramos, para no estar uno de ellos al frente. Pero después lo comprendí. Al haber cierto enfrentamiento, si se presentaban ellos en primer plano, podía producirse un cisma, que no era deseable, dadas las cortas posibilidades de la masa cofrade existente. Convenía un hombre nuevo que no produjera divisiones, y reencaminara la nave. Eso sí, “ellos”, estarían apoyando.
    Y comenzó la transición...

    Efectivamente, hubo elecciones pasada la Semana Santa del 1.972. Se celebró en la sede de la Agrupación de Cofradías, por entonces en calle Alarcón Luján. Y hubo un hombre providencial, compañero del colegio, que, sabiendo que yo estaba algo mosca con la candidatura, me hizo patentes señales que esperara a ver el resultado de los acontecimientos, antes de intervenir. Que aquello se iba a mejorar ostensiblemente. No sé por qué le hice caso, pero me callé. Y el caso, es que el dichoso “chico, hijo de antiguo Hermano Mayor”, no apareció por La Asamblea. Ni la familia González Ramos tomó excesivo protagonismo en la misma. Pero aquel congregante, compañero de colegio, al que yo nunca había visto tampoco por la cofradía, pero que sí sabía de su vinculación, que insistentemente me hacía señas de complicidad en la Asamblea, me empezó a explicar de qué iba. En un momento en que la cosa se ponía fea, porque el candidato electo, ni siquiera estaba dado de alta en la lista de congregantes, se puso de pie, y con voz “como muy convencida”, largó aquella famosa frase de ¡El hijo de un Hermano Mayor de Mena, es siempre congregante de Mena, esté o no esté en las listas!. Toma ya. Y se convenció a la Asamblea.  Era Paco Fernández Verni, en su primera actuación en público, y a fe, que le cundió, con los años.

    En el fondo era un decir, por Fernando Soto, “yo me voy”. Por un grupo, no demasiado definido, “Si Fernando se va, Carlos y su Junta, también, pero dejadnos a nosotros hacer, que ya veréis”. Salió, y entonces supe su nombre, José María González Carrera. Físicamente lo conocí unos días mas tarde, me imagino que tras la recepción del plácet episcopal, en su despacho de abogado, -el famoso despacho de la Alameda de Colón-, donde nos reunió para presentarse.

    Fue memorable. Nos recibió un secretario o pasante o algo así que tenía, señor muy circunspecto y formalista, quien nos hizo pasar a una sala de Juntas de las de película, y allá se presentó. Era joven, y mostró buenos deseos. Presentó a su nueva Junta, empezando por sus más directos colaboradores, Los tenientes hermanos mayores, Santiago Pérez Muñoz, Paco Fernández Verni, Esteban Pérez-Bryan, Antonio González (secretario), etc. etc.

    Fue desgranando cargos y responsables, (que eran prácticamente los mismos que antaño ayudaban a la anterior junta, ya se ha dicho que los mimbres eran cortos), hasta que llegó a mi, y me dijo: Albacea General.

    Había comenzado el principio de la transición, y yo estaba nombrado “formalmente” para mi primer cargo en la Junta.

    Siguió con los cargos, y hago esta especial mención por dos motivos: El primero era la bisoñez, y valentía de aquella persona que se hacía cargo del gobierno de una nave centenaria, sin ninguna experiencia, seguramente lanzado con promesa de apoyo de los promotores de la idea, y por otro lado, de la reacción simpática ante el nombramiento del siguiente cargo.

    Como digo, había citado a todas las personas que le habían aconsejado nombrara, porque a casi nadie conocía, y, llegado el momento, nombró a Adolfo Fernández Navarro, (que después unió los apellidos de su padre, y murió siendo Adolfo Fernández-Casamayor Navarro), y a renglón seguido, el cargo: ¡“Visitador”!.

    Nos miramos todos pensando qué nueva responsabilidad cofrade iba implícita con aquel nombramiento, y ante las caras de incertidumbre de los presentes, José Mª, rápido como un resorte, añadió: “Que no sé para qué sirve, pero los Bancos lo tienen, y les va de maravilla”. Y se quedó tan pancho.

Las Juntas de Gobierno se celebrarían en aquél despacho, y el empleado que nos había recibido, sería su secretario particular, por lo que debíamos hacer llegar a él cualquier correspondencia que hubiese que emitir. Todo muy formal.

Comenzaron las Juntas, y casi siempre, conforme llevábamos no más de una hora, se levantaba, pedía excusas, y salía corriendo para su casa. Al principio nos extrañó; después, molestó. Hasta bastante tiempo después, no supimos que arrastraba problemas familiares que condicionaban su vida completamente.

La verdad es que casi nadie tuvo tiempo, quizás los mas allegados tuvieran esa suerte, de conocer a José María en aquellos meses. Tuvieron que pasar muchos años, ya en tiempos de Vicente Pineda, al que le hicimos saber, (también era moderno en la Congregación), que existía una persona, no muy conocida, al que seguramente nadie le agradeció nunca que fuera lo bastante valiente para tirarse al agua, sin saber nadar, con el fin de justificar una transición sin dolor. Y se le recuperó. Hoy es Consejero, vicepresidente del Consejo; se le reconoció su situación de antiguo Hermano Mayor, y participa en cuantas iniciativas de Consejo se le proponen. Y además, es una buena gente.

Porque su mandato, no llegó al año. El hombre estaba agobiado por su familia.- después hemos conocido las causas, lo que hace quererlo mas- , no conocía dónde se metía, y encima, en el fondo creo, por lo poco que sé, que tampoco le dejaron funcionar demasiado.

El caso, que poco antes de Semana Santa, creo que por enero o así, dimitió.

Aquel año, salimos a la calle sin Hermano Mayor, (lo hizo Santiago Pérez Muñoz, en funciones), pero quien llevó la iniciativa, fue Paco Fernández Verni.

Y yo, estrenándome de albacea general...
 

 
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